miércoles, 7 de febrero de 2018

¡Qué va! ¡El capitalismo globalizado no tiene corazón!

No hay ninguna duda de que el capitalismo globalizado contribuye a un aumento sensible de las desigualdades. No hay ninguna duda de que mientras unas pocas personas se apropian de riquezas que no se distribuyen entre los demás ciudadanos, millones de personas tienen dificultades para vivir. Es contradictorio, sin embargo, que en estos tiempos que se reclaman igualdades de todo tipo: de género, de trato, de oportunidades, de raza, etc. Los multimillonarios que acumulan riqueza generada por otros, no quieren saber nada del resto de la humanidad que, por otra parte, les soporta. Su obsesión es hacer más y más dinero, más y más riqueza, sin tener en cuenta las consecuencias. Su corazón si lo tienen no se delata. El nuevo paradigma en el mundo actual es la identificación de los políticos con la riqueza. Así el mayor ejemplo es el presidente actual de Estados Unidos, Donald Trump, que acaba de aprobar una ley fiscal que beneficia sensiblemente a los más ricos olvidándose de que el país que preside sigue siendo uno de los vencedores en la carrera de la desigualdad.

El primer informe sobre las desigualdades mundiales efectuado en el año 2018 destaca que “La divergencia ha sido particularmente clara entre Europa Occidental y Estados Unidos, que contaban con niveles similares de desigualdad en 1980 pero que se encuentra hoy en situaciones radicalmente distintas. Mientras que la participación del 1 % de mayor ingreso era cercana a 10 % en ambas regiones en 1980, se incrementó a 12 % en Europa Occidental en 2016, mientras que en el caso de Estados Unidos se disparó a 20 %. Durante el mismo período, la participación del 50 % de menores ingresos de Estados Unidos decreció de algo más de 20 % en 1980 a 13 % en 2016.

El informe mencionado constata que entre 1980 y 2016, años en los que el triunfo del endiosado neoliberalismo ha sido total, “a nivel mundial, el 1 % de la franja más alta ha captado dos veces más de crecimiento que la mitad [el 50 %] de la franja más baja”, algo que nos demuestra la extrema insensibilidad existente entre los que tienen el poder de mover el mundo, ya que lo mueven siempre teniendo en cuenta sólo su propio interés. Estamos inmersos en un sistema económico en el que las diferencias se hacen cada día más patentes. Es verdad que la globalización ha conseguido sacar de la pobreza a millones de personas en los países emergentes: China, India, países orientales, pero también se está demostrando que los ricos se hacen más ricos con el sistema que están defendiendo con uñas y dientes, y a la par, hacen que los pobres sean cada día más pobres.

La privatización tocada a golpe de Estado en muchos países y liderada por el imperio: Estados Unidos, ha contribuido sin duda, no sólo al desmantelamiento de lo público, sino, también, a un incremento de las desigualdades. Dice el informe de 2018: “El incremento en la desigualdad fue particularmente abrupto en Rusia, moderado en China y relativamente gradual en India, reflejando diferentes tipos de políticas de desregulación y apertura llevadas adelante por estos países en las últimas décadas.” Sin duda Rusia es el patrón más despiadado de una privatización de lo público sin orden y con la rapiña y beneficio de unos pocos que ahora pasean su fortuna por todo el mundo.

Volviendo al informe leemos que “Las desigualdades económicas está determinadas en buena medida por la distribución de la riqueza, que puede ser propiedad privada o pública. Desde 1980 se observa en prácticamente todos los países, tanto ricos como emergentes, transformaciones de gran tamaño en la propiedad de la riqueza, que pasa del dominio público al privado. Así, mientras la riqueza nacional (pública más privada) ha crecido de manera notable, la riquezas pública se ha hecho negativa o cercana a cero en los países ricos (las deudas superan a los activos). Esto limita la capacidad de los gobiernos para reducir la desigualdad, y ciertamente tiene implicaciones importantes para la desigualdad de riqueza entre los individuos. Sin embargo, hemos de tener en cuenta que los resultados entre los distintos países son disímiles, incluso con niveles parecidos de desarrollo, y ello nos informa de que las políticas que se llevan a cabo y las instituciones que se crean influyen en los distintos niveles de desigualdad.

Pero la desigualdad no puede crecer indefinidamente y así lo entiende el propio informe: “en caso [de] que el incremento de la desigualdad no sea debidamente monitoreado y enfrentado, puede llevar a todo tipo de catástrofes políticas, económicas y sociales.” Fin de la cita.



miércoles, 31 de enero de 2018

Gorrones

No todo en lo que creemos es cierto, a veces nos cuentan cuentos y nos los creemos. Escribía Owen Jones que “términos como gorrones se usan hoy en día de forma casi exclusiva contra la gente pobre, y jamás contra unos intereses privados que se niegan incluso a pagar impuestos. Gorrones, al fin y al cabo, es un insulto que se emplea contra quienes dependen del Estado de bienestar […] Resulta irónico comprobar que las mismas empresas privadas contratadas para insertar en el mercado laboral a esos desempleados incapaces y enemigos del trabajo merecen mucho más que nadie ese apelativo de gorrones.[1]” Sin duda, en contra de lo que pensamos, son las grandes empresas las que más ayudas reciben del Estado a pesar de que se suele establecer una igualdad entre desempleado, vago y gorrón.

El odio, por parte de los liberales a la intervención del Estado, es sólo una distracción en la realidad subyacente. En nuestros días, podemos decir que el socialismo se está dando sólo y especialmente a favor de las grandes empresas que aprovechan la norma y sus recovecos para sumar deducciones, ayudas, reflotamientos y compensaciones. Los defensores del mercado libre y del Estado Mínimo son conocedores de que tal estado de cosas no existe. Así también indicaba el escritor británico Owen Jones: “toda la ideología del capitalismo de mercado libre se basa en una estafa: el capitalismo británico [cosa que se puede hacer extensiva a todos los países capitalistas] depende por completo del Estado. Es más, a menudo la ideología mercantilista del Establishment es poco más que una simple fachada para colocar recursos públicos en manos privadas a expensas de la sociedad.[2]” “Así pues, el mercado libre que tanto le gusta al Establishment se basa en una fantasía. Se puede afirmar que en Gran Bretaña florece el  socialismo, pero es un socialismo solamente para ricos y las empresas. El Estado está ahí para apoyarlos y para rescatarlos si es necesario. De la mayoría del resto de la población, en cambio, se espera que se salven como puedan: su única experiencia es el capitalismo de fauces ensangrentadas.[3]”

En ciencias sociales se llama polizones a aquellos individuos o entes que consumen más que una parte equitativa de un recurso, o no afrontan una parte justa del costo de su producción. Este contexto se denomina del polizón, también conocido como el consumidor parásito (del inglés free riderproblem) y trata de buscar solución de forma equitativa a la aportación y consumo desigual de los distintos ciudadanos, limitando así sus efectos negativos. Aunque es una cuestión controvertida, por lo general se considera al problema del polizón un problema económico al ocuparse de la producción o producción insuficiente de un bien público, y por ello de una eficiencia de Pareto, o, también, cuando conduce al uso excesivo de un recurso de propiedad común.

Un ejemplo conocido y fácil de entender del problema del polizón es el gasto militar: ninguna persona puede ser excluida de ser defendida por las fuerzas militares de un país, y por lo tanto serían polizones aquellos que se negaran a pagar los impuestos ya que serán también defendidos. El gobierno es el mecanismo primario mediante el cual las sociedades hacen frente a los problemas de polizones. Además de las medidas fiscales, las reglamentaciones son otra forma de acción colectiva tomada por los gobiernos para resolver problemas de polizones tales como impactos sobre el medio ambiente o uso excesivo de recursos. En el contexto de los sindicatos, un polizón es un empleado que no paga cuota sindical, pero que sin embargo recibe los mismos beneficios conseguidos por la representación sindical para sus asociados que sí abonan su cuota. Polizón es también un término utilizado en el ambiente de las bolsas de valores cuando un cliente compra acciones por una cantidad que excede su capital. O sea los polizones son aquellos que compran acciones pero luego no tienen con qué pagarlas.

Se podrían poner miles de ejemplos de gorroneo relacionados con la sanidad, el trabajo, los bienes comunales, las familias, la economía sumergida, las obligaciones fiscales y, en resumen, se puede decir que la desigualdad es un foco de infección incontrolada de grandes gorrones. No obstante, el gorroneo con mayúsculas debe encontrarse en la acumulación excesiva de beneficios, la extracción de riquezas por parte de las élites, la corrupción que florece de forma inmarchitable en este mundo tan liberal. Todos, son ejemplos claros de cómo los dineros que se aportan por la sociedad terminan en manos de las empresas y a través de ellas en manos de los más tienen sin que aporten lo mismo de forma equitativa. Son, también, muestras por todos conocidas de gorroneo de aquellos que más tienen las ayudas a los bancos, a las empresas de autopistas, a las empresas energéticas, las ayudas al deporte: los juegos olímpicos son otro patrón de cómo el dinero público, el que se obtiene a través de los impuestos que pagan principalmente los trabajadores, ha sido trasvasado a las empresas.

Nos cuentan cuentos y dormimos con ellos.



[1] Jones, Owen (2015: 270). El Establishment; La Casta al desnudo. Seix Barral.
[2] Ibídem (2015: 253)
[3] Ibídem (2015: 268)

lunes, 15 de enero de 2018

Los valores de la desigualdad

Por mucho que algunos sectores sociales reclamen mayor igualdad entre las personas, la realidad es que el sistema de la desigualdad, el capitalismo neoliberal, sigue triunfando y generando más distanciamiento entre una minoría y el resto. Porque los valores del neoliberalismo se basan en la competitividad, en el individualismo, en la rivalidad por los recursos y bienes y desecha la solidaridad y la empatía con el otro. El beneficio es el dios supremo y éste valor machaca y derrota a cualquier otro, por muy ético que sea, que no suponga el triunfo individualista. El triunfo en la carrera neoliberal no puede, en este sistema, ser enturbiado por los valores humanitarios. El ganador debe vencer y machacar. El ganador suele tener, además, más cartas que le permitirán seguir ganando sin piedad. El ganador, como la banca, se lo lleva todo.

El problema de la desigualdad es que no tiene futuro. La desigualdad es un cáncer social. No sólo porque abona a una gran parte de la población a una vida indigna y sin pulso para vivirla. No sólo porque ni siquiera funciona a nivel económico. Además, está consiguiendo enfermar la nave que nos transporta. En el momento en el que estamos puede ser una enfermedad mortal y es incierta la  posibilidad de vuelta atrás. La desigualdad, en consecuencia, está contribuyendo a seguir insistiendo y aumentando los grandes problemas ecológicos. Así, sabemos que el 10 % de los que más tienen, emiten el 50 % del gas de efecto invernadero. Por lo que no sólo hay que descarbonizar el modelo energético sino que, también, es completamente necesario que los más ricos moderen su nivel de consumo si queremos mantener expectativas de vida en la tierra.

Que no me hablen de que el mercado asigna los bienes y recursos eficientemente. Todos hemos padecido la burbuja inmobiliaria y somos conocedores de que, especialmente en las grandes ciudades, existen millones de casas vacías, más que ciudadanos sin ellas, a pesar de que su número también es millonario. El mercado de trabajo asigna este bien entre aquellos que no pertenecen a la élite: estos mayormente viven de las rentas. En relación al resto, el mercado de trabajo decide quién va a tener recursos para vivir y quién no. Si bien es verdad que cada vez reparte menos recursos entre los que consiguen entrar. Y la precariedad es lomás normal en este tiempo. No sólo entre aquellos que consiguen trabajar por cuenta propia sino también entre aquellos que siguiendo los mantras neoliberales se han hecho autónomos o se han auto-empleado. Así, hoy en España, por seguir el mantra neoliberal, más de 300.000 autónomos perciben un salario inferior al Salario Mínimo Interprofesional (SMI)[1] y, en muchos casos, son esclavos de las empresas que les dan trabajo.

Y que no me hablen de la privatización de los servicios básicos como la panacea en la mejora económica y el bienestar de los ciudadanos. En España, en diez años, el agua ha subido un 76%; el gas, un 48%; la luz, un 87%, mientas los salarios solo un13%. En 2007, para pagar estos servicios básicos se necesitaba un 9% del salario medio, ahora senecesita un 14%[2]. Es el triste record de la privatización tan proclamada por los neoliberales y conservadores.

Los valores de esta sociedad son los que soportan la desigualdad existente. Que un mínimo porcentaje de ricos acaparen más del 50 % de la renta de toda la población. Que casi 13 millones de personas estén en riesgo de exclusión y pobreza. Que hay 1.613. 100 parados de larga duración, de más de un año. Que  la mitad de los desempleados no cobran subsidio alguno y la mitad de quienes lo cobran reciben, únicamente, la pensión asistencial. Que estamos a la cola de Europa en el reparto de la renta. Que nuestro Coeficiente de Gini, que mide la desigualdad en el reparto de ingresos entre los hogares, sitúa a España en 2016, último año publicado, a la cola de la UE-28, sólo por delante de Rumanía, Lituania y Bulgaria. En cuanto al reparto de la riqueza, según la Encuesta financiera de las familias del Banco de España, la desigualdad de patrimonio entre los hogares se ha doblado en sólo 12 años. La mitad más rica del país ha incrementado su patrimonio medio en un 29%, mientras que la mitad más pobre lo ha reducido en un 30%[3].

Parece, sin embargo, que los economistas ortodoxos son ahora conscientes de que el libre comercio y la libre circulación de capitales, que se ha acelerado a nivel mundial durante los últimos 30 años, no ha beneficiado a todos. ¡Vaya por Dios! Son muchos, no obstante, los que no saben, cuando votan, que valores están defendiendo. Pero, una sociedad en la que los ciudadanos mantienen su voto y sus creencias a piñón fijo y sin pensar, es una sociedad que permite caminar por caminos, aunque trillados, no elegidos por la mayoría, una sociedad que se queda anclada en el pasado, una sociedad dirigida por el interés de unos pocos y como los datos dejan patente, en perjuicio de casi todos.



[1] Alternativas Económicas, núm. 54. Dossier Autónomos. Ariadna Trillas, pág. 41.
[2] Ver Miguel Salas. Sin permiso.http://www.sinpermiso.info/textos/reino-de-espana-el-salario-minimo-y-laestrategia-sindical
[3]Ibídem.

miércoles, 3 de enero de 2018

Una humanidad que corre al abismo

El neoliberalismo está empeñado en no dejarse desenmascarar por el cambio climático. Sin duda el capitalismo desencadenado en el que se ha convertido el neoliberalismo, no tiene en cuenta a las personas, sus derechos, su vida, ya que es el mercado el que tiene la varita mágica con la que todo se soluciona, y tampoco tiene en cuenta los problemas medioambientales por la misma razón. El neoliberalismo, en consecuencia, son las gafas que los poderosos, la élite, emplea para no ver todas aquellas vilezas y desastres que su egoísmo produce. El neoliberalismo, actualmente, es el opio del pueblo.

Cuenta Naomi Klein en su último libro Decir no, no basta que “para evitar el caos climático tenemos que plantar cara a las ideologías capitalistas que han conquistado el mundo desde la década de 1980…la clase oligárquica no puede seguir sembrando el caos sin someterse a reglas. Detenerla ya es una cuestión de supervivencia colectiva de la humanidad.[1]” Adormecernos en los brazos de una ideología basada en el egoísmo y la insolidaridad no nos salvará.

Con Naomi Klein podemos preguntarnos “¿Por qué iba nadie a esforzarse tanto en negar los datos científicos que  respaldan el 97 % de los climatólogos, y cuyos efectos podemos apreciar a nuestro alrededor y que se vuelven a confirmar en las noticias que consumimos a diario? [...] cuando los conservadores de la línea dura niegan el cambio climático no sólo están defendiendo las riquezas –con un valor de billones-- que se ven amenazadas por la acción contra el cambio climático. También defienden algo que para ellos es más preciado aún: todo un proyecto ideológico –el neoliberalismo—que sostiene que el mercado siempre tiene razón, que su regulación siempre es un error, que lo privado es bueno y lo público es malo, y que lo peor de todo son los impuestos destinados a sostener servicios públicos.[2]”

El proyecto iniciado en los años 70, está resultando tan exitoso para ellos que incluso se ha conseguido que los impuestos los paguen los demás, aquellos que no están en la élite económica y su poder no se encuentra en la cúspide. Pero aun así, el resto de los mortales, el 99 % o más pagamos y callamos.

La ceguera, aun con ojos sanos, se está extendiendo en la sociedad, rememorando el libro premonitorio del escritor portugués José Saramago. Cuanto más corroe el capitalismo neoliberal a la comunidad, más parece que la gente vota a favor de esta ideología. Estar con la gente, defender los derechos humanos, buscar el desarrollo de todos los ciudadanos, está mal visto y es peligroso. La labor realizada por los ricos y poderosos, aunque en contra de todos, está dando los resultados que siempre han buscado. Somos marionetas manejadas con hilos que han usado inteligentemente. Nos roban y aún creemos que son ellos los que nos salvarán de las crisis que ellos mismos provocan. No somos conscientes de que “Muchas de las crisis a las que nos enfrentamos son síntomas de la misma enfermedad subyacente: una lógica basada en la dominación que trata a muchas personas, e incluso la propia Tierra, como si fueran desechables.[3]”

Es urgente un cambio de conciencia. No nos vale un consumismo como fin de nuestras vidas, consumismo que sólo garantiza riquezas a aquellos que salen victoriosos en la carrera de la vida, gracias en muchas ocasiones, por no decir en todas, a su egoísmo, avaricia e insolidaridad. Un mundo mejor es necesario y este no se consigue dejando que los productos embauquen a las personas dejando “unos beneficios superescandalosos a un reducidísimo número de habitantes de ese mundo mejor.[4]” Mientras que una gran parte de la población sufre hambre y malnutrición en un mundo ahíto de riquezas. Y no se consigue mediante la especulación en todos los ámbitos, ni mediante un capitalismo financiero que hace del dinero, un medio de pago, el fin de la economía, destruyendo a la economía real, aquella que tiene que ver con la cobertura de las necesidades de la población.

Corremos al abismo con los ojos cerrados y todavía creemos a pies juntillas los cuentos y cuentas que elaboran aquellos que sólo buscan su propio beneficio y en aras a ello hablan de la libertad, de la propiedad y de la justicia: la suya por supuesto. Pero sigamos adorando a becerros de oro, sigamos corriendo sin saber ni dónde vamos ni dónde nos encontramos. Sigamos ignorando las señales que nos avisan. Sigamos adorando al fetiche del crecimiento. Sigamos consumiendo como si no hubiera un mañana. Sigamos destruyendo la tierra. El abismo no está muy lejos.




[1] Klein, Naomi (2017:104). Decir no, no basta. Paidós.
[2] Ibídem (2017:101).
[3] Ibídem (2017:267).
[4] Franzen, Jonathan (2011:245) Libertad. Círculo de lectores.

martes, 5 de diciembre de 2017

Los trabajos no remunerados y la falta de empleo

En una sociedad en la que si no  se tiene un trabajo remunerado, un empleo, no se tiene derecho a vivir; a la persona que no tiene empleo se le excluye socialmente y sus derechos son menores que aquellos que lo tienen, por mucho que la realidad de su actividad se pueda diferenciar en muy poco o en nada de la que hacen aquellos que tienen trabajo remunerado. ¿En qué se diferencia el cuidado de un familiar que no tiene autonomía en casa, a la labor que realiza un cuidador profesional en una residencia? Pero en el segundo caso está retribuido y su trabajo está adornado de todos los derechos que ofrece la normativa laboral (es verdad que últimamente en retroceso) y en el primer caso no.

El trabajo no remunerado puede ser tan duro o más que el que se lleva a cabo en un empleo. La labor que realizan, por ejemplo, los cuidadores no profesionales, es decir, los que no están dentro del mágico mercado, tiene sólo como recompensa el sentimiento de estar ayudando a mejorar la calidad de vida de sus familiares, pero, también trae aparejado un gran desgaste. Así el 61% de estos cuidadores manifiestan que necesitan algún tipo de atención médica o asistencia psicológica debido al estrés y depresión que acarrea esta labor. El descanso del cuidador en estos casos es más que necesario para mantener la salud física y sobretodo mental. De esta necesidad ha surgido una iniciativa que pretende sensibilizar sobre el papel fundamental que tienen los familiares en la vida de los pacientes a los que cuidan, y que se ha concretado en un estudio internacional que contó con 3.516 cuidadores no profesionales de España, Francia, Alemania, Italia, Reino Unido, Estados Unidos y Australia.

En el estudio se observó que el 43% de los cuidadores no remunerados pone la salud de su familiar por encima de la suya propia, lo que trae, manifiestamente, graves consecuencias en la salud del cuidador: el 71% está siempre cansado, mientras que el 61% indica que desde que empezó con esta labor su salud se ha visto resentida.

En una sociedad que se define mediante el empleo: trabajo remunerado. No sólo se discrimina a aquellos, que sin empleo, contribuyen tanto o más a la mejora y mantenimiento de la sociedad, sino que, también, se excluye a aquellos que no tienen trabajos remunerados, ni esperanzas de obtenerlo, y a aquellos que teniendo esperanzas se pasan largas temporadas sin tenerlo. La odisea de burocracia y de indignidad por la que hacemos pasar a aquellos que han perdido el trabajo, deja diáfano la diferencia entre aquellos que por suerte, mérito o afiliación, todavía mantienen un trabajo digno; entre aquellos que tienen un trabajo precario, inseguro y a veces esclavo, y por último, entre aquellos que están en el escalón más bajo, los que ni siquiera tienen empleo ni rentas, aunque puedan tener mucho trabajo y pasen la vida estresados; como es, por desgracia, moneda común entre las mujeres.

En una sociedad en la que las clases se configuran en relación a las rentas y al trabajo remunerado, hay que tener en cuenta que no sólo se configuran las clases sino el mismo derecho a la vida. Hay evidencias científicas que establecen una relación entre el aumento de la mortalidad por suicidio en hombres en edad laboral y las recesiones económicas. En estas investigaciones se deduce  que el desempleo está asociado al aumento de mortalidad por suicidio, fundamentalmente referido al desempleo de larga duración. Se constata, también, que este riesgo es mayor en los primeros 5 años de quedarse en paro, pero aun así puede llegar a persistir durante 15 o 16 años después de la pérdida del empleo[1]. Así es doloroso manifestar que los suicidios por motivos laborales y económicos asociados a las crisis y adobados con las políticas neoliberales llegan a ser la mortalidad evitable que más ha crecido.

Cuando hay una correlación estadística significativa entre las recesiones económicas, el desempleo y los suicidios, hay que ser muy obtuso o perverso para no querer ver la relación entre quitarse la vida y la desesperación de estar desempleado y, al no tener ingresos tener un montón de deudas sin pagar, lo que supone de incertidumbre y pánico por el futuro más inmediato, no solamente propio, sino de las personas que puedan depender de ti. Algunos autores apuntan, por estos motivos, que no es el desempleo propiamente, sino la desesperación asociada a la persistencia del desempleo lo que lleva a ataques de ansiedad y a la depresión. La duración del desempleo o los niveles de endeudamiento podrían ser más relevantes que la tasa de desempleo para explicar las tendencias en las tasas de suicidio. Esta sería la explicación más evidente del gran aumento en los países más castigados por la crisis y por los planes de austeridad y recortes en los servicios públicos de muchos gobiernos[2].

Hay muchos elementos en la sociedad actual centrada en el empleo remunerado que nos indican que debemos dar un nuevo giro al contrato social vigente. La magia del mercado ha demostrado que no resuelve los problemas de todos los ciudadanos. Como se ha dicho, pensar en esta magia del mercado sí que es una verdadera utopía incumplible.



[1] Milner, A., Page, A. i LaMontagne, A.D. (2013). Long-Term unemployment and suicide: a systematic review and meta-analysis. Plos-One 8 (1) e51333. Citado por Sergi Raventós en Sin Permiso: Suicidios y crisis económica ¿Se puede romper esta relación?
[2] Mueller, H (2015). Suicidios en España, ¿un fenómeno de la crisis? Nada es gratis. Citado por Sergi Raventós en Sin Permiso: Suicidios y crisis económica ¿Se puede romper esta relación?

miércoles, 29 de noviembre de 2017

¡Que pare el mundo que yo me bajo!

Es vergonzoso y sangrante, para las personas que tengan un mínimo de ética y de compasión con los de su misma especie, lo que está pasando en nuestro entorno. Dejamos que el mundo se vaya al garete porque permitimos negocios redondos para los que más tienen sin preocuparse del medio ambiente, ni del calentamiento global, ni de la destrucción del mundo en el que vivimos todos. Dejamos que la desigualdad vaya creciendo a pasos agigantados, y así admitimos que mientras algunos tienen que callar (una mordaza les amenaza) y arreglarse con 426 € o incluso menos, en nuestro país, por otra parte, ya existan más de 428.000 personas que tienen más de UN MILLÓN DE EUROS y en muchos casos su aportación a la Hacienda es mínima. Admitimos que se prioricen y sean verdades absolutas los números mágicos de un déficit público que es un atentado contra los ciudadanos, y evitamos realizar gastos sociales en beneficio de aquellos que mal viven o viven a duras penas y perjudicamos, además, sectores que a todos interesan y nos pueden ayudar a salir de la crisis/estafa; sectores como la educación, la sanidad, los servicios sociales, el medio ambiente, la investigación…

Demostramos un conformismo que nos llevará directos al abismo, eso sí calladitos y sin protestar. Nos sucederá, seguro, lo mismo que le sucedió a la rana hervida: si a una rana se la pone en un recipiente hirviendo salta inmediatamente, pero si se le mete en un recipiente con agua templada y se va calentando el agua poquito a poquito la rana morirá hervida sin darse cuenta. Así no está pasando, adormecidos con mentiras y falsas previsiones, no nos estamos dando cuenta de los cambios graduales que están sucediéndose en el planeta y en nuestro entorno, y llegará un momento en el que sin apercibirnos, sin darnos cuenta, no habrá vuelta atrás.

Hay que decirlo muy claro; esto ya no es una lucha entre naciones, es una lucha de clases entre la plutocracia, las élites, el 0,1 % de la humanidad y el resto. Un pequeño número de personas que tienen el poder y el dinero mueven el mundo con sus intereses despreocupándose del resto de seres que habitamos el planeta. Olvidándose, incluso, de su propia seguridad porque el final nos atrapará a todos. Si la mayoría fuéramos conscientes de la situación, de su empeoramiento acelerado y del poder que se puede ejercer al pertenecer a la casi totalidad de la población, se podrían dar pasos para evitar lo que posiblemente ya, es inevitable. Pero, no obstante, aún hay expertos que dan lugar a cierta esperanza y con acciones sencillas.

La revista The Atlantic se hacía eco el pasado agosto de un estudio llevado a cabo por un grupo de científicos de la Universidad de Oregón, el Bard College y la Universidad Loma Linda. ¿Qué calcularon? Exactamente qué pasaría si los estadounidenses sustituyesen la carne de ternera por las judías pintas (en inglés, beans instead of beef): solo con ese cambio en la dieta se podría cumplir la promesa de Barack Obama de reducir en un 30% los gases causantes del cambio climático. Y no en 2030, como aseguró el expresidente, sino en 2020. Es decir, aunque estructuralmente no cambiase nada más (ni en el tema energético, ni en el de contaminación) e incluso si la gente siguiese comiendo carne de cerdo y pollo, se reducirían las emisiones en, al menos, un 46%[1].

Parece de locos el que  no seamos capaces de dar un giro a nuestras sociedades, de dar un giro a nuestras políticas. Todos somos conscientes de “la perpetuación del hambre destructiva en un mundo ahíto de riquezas y capaz de lograr lo imposible [lo que] se vuelve todavía más inadmisible. Una matanza en masa de los más pobres.[2]” Todavía es más demencial que según Medicusmundi 100 millones de personas caen cada año en la pobreza a consecuencia de los gastos sanitarios. Y es de vergüenza que en un país como Estados Unidos, país en el que el gasto sanitario del Estado es el más elevado, sin embargo no tener cobertura pública supone que millones de personas hayan perdido sus casas para poder pagar las facturas sanitarias.

Y todo esto no tiene visos de parar si no somos conscientes de la situación. Todo lo tienen bien controlado y sus objetivos siguen cumpliéndose con creces. Las empresas han tomado el poder y “Los monopolios de mañana [incluso de hoy] no podrán ser medidos solo por la publicidad que nos venden. Estarán basados en lo mucho que saben sobre nosotros y cuánto mejor pueden predecir nuestro comportamiento respecto a los competidores.[3]” Es la verdad el “gran hermano” nos controla, nos adormece y nos ahoga.




[1] La Marea núm. 54. ¿Y qué puedes hacer tú? Noemí López Trujillo, pág. 21
[2] Ziegler, Jean (2013:52). Destrucción masiva, geopolítica del hambre. Booket.
[3] La Marea núm. 54. Medios que dependen de Silicon Valley. El poder de Facebook y Google representan el mayor cambio de paradigma en la era digital. Ekaitz Cancela, pág. 25

miércoles, 22 de noviembre de 2017

¡Cuidar los servicios públicos! Es un bien de todos

En el capitalismo neoliberal que padecemos, menospreciar la gestión pública se ha convertido en un mantra machacón que ha calado en la población de forma inconsciente. Para que no pudiera plantearse duda alguna, las políticas neoliberales se han encargado de retirar y reducir recursos para los servicios públicos ya establecidos que dejaban ver, a fuerza de escasez, las deficiencias inducidas. Sin embargo, los resultados obtenidos por las buscadas privatizaciones han sido poco halagüeños para los ciudadanos, ya que han tenido que pagar facturas cada vez mayores y recibir servicios más caros que no mejoraban la calidad. Además, han visto como sólo se beneficiaban los administradores y accionistas de las empresas privadas que se hicieron cargo de estos servicios.

La gestión pública de los servicios básicos tiene la virtud de poner ha descubierto los valores que la sociedad sostiene y están imbuidos en su cultura. El mejor o peor funcionamiento de un servicio público tiene que ver con la sensibilidad social de los ciudadanos, con la cohesión social y el sentimiento de identidad de sus integrantes. La gestión privada, sin embargo, sólo se da si hay beneficio y para conseguirlo no se detiene ante la pobreza, disminuciones de plantilla, reducciones salariales, precarización laboral, búsqueda de subvenciones, selección adversa de clientes en relación a su mayor o menor coste y a su mayor o menor seguridad de cobro. La calidad del servicio y el coste del mismo tendrían que ser los parámetros de su evaluación y hay evidencias, para quien quiera ver, de que los costes que se pagan por la ciudadanía son hoy mayores y los servicios que los ciudadanos reciben dejan que desear en algunos casos.

Las pensiones, la investigación, las energías, la sanidad, la educación, la dependencia, la vivienda, salen claramente perjudicadas con las políticas neoliberales. La corrupción, la especulación y la desigualdad, se han disparado al alza, y el medio ambiente, la solidaridad, la cohesión y la empatía parece que han sufrido una clara devaluación. Todo es mercancía en este capitalismo. Y así el dinero que debiera ser un medio de pago que facilite las transacciones de productos y la compra de servicios, se ha convertido en una nueva mercancía más a la que damos un valor omnímodo, cuando la realidad es que está basado en la confianza que la sociedad deposita en él, como deuda que permitirá mediante su aceptación comprar otros bienes y servicios.

El Estado no tiene que intervenir, dicen los que aprovechan los beneficios privados, pero son ellos los primeros que cuando sus excesos provocan el hundimiento de sus empresas, acuden al papá Estado, para que entre todos los ciudadanos acoquinemos recursos y les salvemos. Sólo hay que mirar para ver y no estar sordo para poder oír.

Algunos Ayuntamientos, a pesar de las dificultades que se les han puesto para lograrlo, basados en estudios de expertos, se han dado cuenta de la realidad y han devuelto servicios básicos que se habían privatizado a la gestión pública para realizarla por los propios Ayuntamientos. Pero no hay que hacer grandes estudios para tener claro que hay bienes esenciales que no pueden estar al arbitrio del mercado y menos en mundo tan desigual, ni bajo la especulación financiera, ni dependiendo de la posibilidad de poder pagar su precio. El aire y el agua son bienes que no pueden dejarse en manos del mercado y, tampoco, la salud, la educación, la dependencia. Y no se pueden dejar si queremos una sociedad que mire por sus integrantes, valorando la vida como un bien que no puede definirse mediante un precio y no puede valorarse con un medio de pago.

No es necesario recordar que, incluso, el gasto público pone dinero en la economía, a favor del sector no público, mejorando así el letargo que ésta pueda tener en tiempos de penuria, que este dinero, además, tiene un efecto multiplicador beneficioso para las empresas y los ciudadanos, estimulando la producción y la prestación de servicios que pueda estar ociosa por falta de demanda.

No debería ser necesario recordar que los gobiernos, a diferencia de las familias y si emiten su propia moneda, no tienen restricción presupuestaria sino, a lo sumo una “regla contable” convenida y asumida.

No debería ser necesario recordar que hay gastos costosos pero que son de vital importancia para el crecimiento y la mejora de la economía como el gasto en educación y la investigación y el desarrollo (I+D). Gastos que no pueden dejarse al albur de la empresa privada. Gastos que son externalidades positivas que benefician a la generalidad de la sociedad, suponiendo grandes ahorros a las empresas. Gastos que como en investigación y desarrollo han sido silenciados cuando la administración era su financiador y promotor. Así nos dice Mariana Mazzucato en su libro “El Estado emprendedor”: “En el desarrollo de la aviación, la energía nuclear, los ordenadores, Internet, la biotecnología y los actuales desarrollos en la tecnología verde, es y ha sido el Estado –y no el sector privado—el que ha arrancado y movido el motor del crecimiento, gracias a su disposición a asumir riesgos en áreas donde el sector privado ha sido demasiado adverso al riesgo.[1]”

Si parece necesario recordar que debemos ¡Cuidar los servicios públicos! Es un bien de todos.




[1] Mazzucato, Mariana (2014:46). El Estado emprendedor. RBA.Barcelona.

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