miércoles, 28 de junio de 2017

La revolución de los ricos

Querámoslo o no la tensión social más visible es aquella que enfrenta a los pocos que tienen mucho dinero con los muchos que tienen poco. Nos decía Edmund Burke (1729-1797) “La división más obvia de la sociedad es entre ricos y pobres; y no es menos obvio que el número de aquellos no guarda proporción con estos. Todo lo que tienen que hacer los pobres es procurar que los ricos pueden holgar, divertirse y disponer de lujos; y, a cambio, los ricos lo que tienen que hacer es hallar los métodos mejores para confirmar la esclavitud de los pobres y acrecentar su carga. En un estado de naturaleza, es una ley inmutable que lo que un hombre adquiere es proporcional a sus trabajos, pero, en un estado de sociedad artificial, es una ley tan constante como invariable que los que más trabajan disfruten de muy pocas cosas, y que los que no hacen ningún  trabajo disfruten del mayor número de posesiones[1].”

La crisis que algunos dicen que ya ha pasado por que el índice más idolatrado, el PIB, parece que sube en estos últimos años, a los muchos nos les está llegando y, sin embargo, las soluciones adoptadas por esos pocos han conseguido esclavizar más a los muchos; con una deuda cada día mayor, con unos salarios más bajos, con unas pensiones menguantes, con unos trabajos indecentes, con menos derechos y una competitividad dañina para la raza humana y el medio ambiente.

Hemos alcanzado grandes cotas de desigualdad. Desigualdad que no tiene visos de parar y sigue haciéndose más amplia. El asalto de los pocos, la revolución de los pocos la podemos fijar en los años 70 del anterior siglo. En estos años  se produjeron hechos que nos han llevado a una pérdida de derechos, duramente conseguidos después de la II Guerra Mundial, y a enormes desigualdades en la renta y riqueza de las personas, lo cual afirma claramente el éxito del plan iniciado por los ricos, que no ha sido otro que aumentar sus riquezas a costa de la mayor parte de la población, expropiar a los muchos de sus escasas riquezas para seguir incrementando con avaricia desmesurada su riqueza. Margaret Thatcher y Ronald Reagan fueron los adalides de una nueva era de liberación del mercado y desregulación financiera que nos han traído las últimas crisis. Un nuevo modo de conducir las sociedades que llamamos neoliberalismo.

Los cambios incorporados en el sistema financiero, principalmente, han creado un monstruo que se multiplica y engulle transformando a empresas y bancos. Las empresas que encuentran mayor rentabilidad en la especulación financiera destinan recursos que detraen de la economía real a la economía virtual. Los bancos ven oportunidad de grandes ganancias, estando sus riesgos sistémicos cubiertos por la dificultad de dejarlos caer. Giovanni Arrigi, en su libro El largo siglo XX, mantenía que las expansiones financieras suceden cuando el capital pasa “del comercio y la producción financiera y la intermediación” y las ganancias provienen cada vez más de las “transacciones financieras”. Costas Lapavitsas en su libro Beneficios sin producción, mantiene la tesis de que “el carácter predador y expropiador del beneficio financiero y sus implicaciones en la estratificación social.”, hace entender mucho mejor la propensión “a las crisis que ha caracterizado a la financiarización desde sus inicios.”

Los gobiernos tomaron parte y apoyados en el Consenso de Washington y amordazados por las directrices del FMI sólo han mirado “la opinión de los mercados a la hora de diseñar todas sus políticas, no sólo las económicas, mientras ciudadanos que no han invertido ni un céntimo en productos financieros atienden temerosos a los cracs bursátiles o las evoluciones de la prima de riesgo y empresas de todo tipo deslocalizan su producción o realizan despidos masivos para maximizar el  precio de sus acciones. Este es el poder de los mercados financieros, que en su manifestación ideal impulsan el crecimiento económico, incentivan la innovación y crean riqueza, pero cuando adoptan comportamientos irracionales o abusivos, generan ruina y desconfianza y empujan a toda la sociedad a crisis muy profundas de las que se puede tardar generaciones en salir.[2]

Los mercados financieros y las deudas de los que menos tienen han sido las herramientas utilizadas por los menos para someter a los muchos. Por eso no nos puede extrañar lo que el estadista, inversor y filántropo estadounidense Bernard Baruch (1870-1965) afirmó “El objetivo de los mercados financieros es conseguir que el mayor número de personas posible queden como idiotas.[3]

La realidad nos la cuenta Josep Fontana: “En todo caso podemos tomar como una conclusión provisional acerca de la situación actual lo que la ONU dijo en su convocatoria del Foro humanitario: “en 2016 casi uno de cada cinco de los 7.400 millones de habitantes de nuestro planeta vive en situaciones frágiles. Esto representa el nivel más alto de sufrimiento desde la Segunda guerra mundial, y el número va en camino de aumentar…[4]” Hay revoluciones que quedan en el olvido pero realmente son las más dañinas.



[1] Pontón, Gonzalo (2016:63) La lucha por la desigualdad. Ediciones de Pasado y Presente. 2ª Edición.
[2] Pujol Álvarez, Rubén (2016: 7). El poder de los mercados financieros. RBA.
[3] Ibídem (2016: 11)
[4] Fontana, Josep (2017: 623). El siglo de la revolución. Crítica.

sábado, 10 de junio de 2017

¿Qué hacen los políticos?

Probablemente es muy generalizado y no sólo se da en nuestro país, pero si nos paráramos un poco y nos preguntáramos qué es lo que están haciendo nuestros políticos nos llevaríamos las manos a la cabeza. ¿Realizan política? Muy poca. Los debates políticos, las comunicaciones a la población deberían centrarse en cómo resolver los problemas de los ciudadanos, tarea a la que voluntariamente se presentaron y para la que los eligieron. Pero en vez de asumir su responsabilidad, por otra parte muy bien pagada en relación a los tiempos que corren, se preocupan de justificar su ineptitud, sus malas artes y atacar al resto de partidos.

Realmente la política se ha convertido en un espectáculo de ocultación en el que los distintos partidos contienden para hacer ver a la ciudadanía que yo soy mejor que el otro, aunque para conseguirlo se basen en mentiras y siempre oculten la desviación de sus programas y la vacuidad de sus propuestas, ¡si las tienen! Así la Democracia con mayúsculas queda envilecida e inservible.

De esta manera difícilmente podremos conseguir salir de la crisis. Es verdad que de las crisis económicas podemos esperar que mantengan sus ciclos y entremos y salgamos de las crisis como el Guadiana que deja ver y esconde sus aguas. Pero esto interesa sobre todo a unos pocos que surfean por las olas sacando grandes beneficios y dejando a la mayoría con el agua al cuello. El mundo gira a pesar de los políticos que no es poco, pero nos mantiene en una espiral diabólica que cada vez gira a más velocidad y algún día nos mostrará de forma catastrófica los peligros que esconde.

Es muy pobre la imagen que se está dando. No hay argumentos de debate. La actitud habitual es contestar a una interpelación sobre un hecho con un exabrupto contra el que se atreve a preguntar. Pero el insulto demuestra la escasez de razones, cuando no miedo y prepotencia. Me pregunto qué pasaría si en la vida diaria de las empresas, de los vecinos, de los familiares, a cualquier pregunta poco agradable, pero basada en una realidad, la contestación siempre fuera el insulto, la mentira y el “y tú más”. Seguramente duraríamos poco como humanidad y, sin embargo, esto parece cada día más visible y viable. El ejemplo que nos dan nuestros políticos incentiva actitudes asociales y división entre los ciudadanos.

Nos decían Acemoglu y Robinson en su libro Por qué fracasan los países que “El éxito económico de los países difiere debido a las diferencias entre sus instituciones, a las reglas que influyen en cómo funciona la economía y a los incentivos que motiva a las personas.” El enfoque económico de la “buena gobernanza”, entendía que era necesario tener buenas instituciones para un adecuado desarrollo de las naciones.  El Gobierno debe procurar la buena salud de la Democracia, debe ser transparente en su quehacer, debe facilitar la participación de la ciudadanía en los asuntos públicos y, sobre todo, debe luchar para que el poder judicial sea independiente. Ahora, sin embargo, lo más normal es que tiremos por tierra las decisiones judiciales, las investigaciones de los cuerpos de seguridad del Estado, las pocas ideas que proponen por los adversarios políticos, la participación ciudadana, el bienestar social, etc. Todo ello; cuando no nos dan la razón completamente y va contra nuestros intereses.

Por eso es esencial la formación, la educación es básica para una población. Pero la educación tiene que facilitar la comprensión del mundo, tiene que conseguir que los educandos piensen por sí mismos. El conocimiento, la comprensión nos hace más humanos además de darnos caminos para vivir y desarrollarnos. Abre las puertas de los encastillamientos raciales, religiosos, políticos, sexuales…Cuando pensamos por nosotros mismos podemos corregir nuestros errores y admitir ideas diferentes a las nuestras que pueden ayudarnos.
Una idea que no nos hemos parado a pensar seriamente es el papel que juega el dinero en nuestras sociedades. Siendo este un elemento esencial para un desarrollo social verdadero. Pero estamos haciendo oídos sordos a los economistas que nos quieren aclarar la realidad del mismo en estos tiempos, y, sin embargo, permitimos que los interesados de mantener el sistema como hasta ahora, ya que sacan sus insultantes beneficios de ello, nos oculten la realidad.

El dinero es el lubricante de nuestra maquinaria económica […] Cuando es necesario el Estado debe engrasar los engranajes y las bielas de esta maquinaria con dinero fresco[1]. El dinero no puede ser una mercancía más en el capitalismo de casino que permite limpiar los bolsillos de los que menos tienen. El dinero es un medio de pago que nos sirve para intercambiar bienes y servicios de una manera fácil y que está respaldado en la confianza dada al emisor, no está respaldado por nada más[2]. Por eso, no nos podemos permitir la ociosidad en nuestras posibilidades de producir bienes y servicios dejando a personas sin empleo. El Estado debe generar, engrasando la maquinaria, el dinero necesario para que todos podamos vivir dignamente estimulando la actividad de las empresas.


[1] Medina Miltimre, Stuar (2016:5) El Leviatán desencadenado. Lola Books.
[2] El dinero no se come. El dinero, material o virtual, no está respaldado por nada, si todavía cree que se respalda por oro, metal precioso o cualquier otro objeto, cambie su dinero por aquello que lo respalda y trate de vivir con ello.

sábado, 3 de junio de 2017

Juventud divino tesoro

Una de las consecuencias más nefastas de la actual crisis y de las políticas neoliberales que la mantienen es la relativa a la “cuestión juvenil”. Estamos cercenando las expectativas vitales de la juventud y derrumbando una de las ilusiones necesarias para vivir; el futuro ya no está en su sitio, como en su día dijera Luis García Montero y citó Juan Marsé en su libro El embrujo de Shanghái, la nostalgia por el futuro perdido cada vez es más dolorosa. El futuro es muy negro para los jóvenes: “Entre un 70 % y un 75 % de los españoles menores de 35 años se encuentran en paro o tienen subempleos y trabajos precarios, que no les permiten vivir por su cuenta en condiciones dignas.[1]” Más de dos millones de trabajadores con edad comprendida entre los dieciséis y los veintinueve años han perdido el empleo entre los años 2007 y 2016. Así, con la normativa de pensiones en la mano, muy pocos privilegiados podrán cobrarlas. La sociedad tendrá, por tanto, que dar soluciones, vivir en el presente no les garantiza que haya expectativas de vivir más allá. Un presente inestable y un futuro incierto no contribuyen a una vida fácil de vivir.

Es un vuelco social,  un giro en el funcionamiento de nuestras comunidades. Los jóvenes sin dinero y sin empleo están avocados a un mundo sin futuro y la sociedad derrocha el ímpetu creativo y lleno de energía de los jóvenes despilfarrando oportunidades y fuerza de trabajo. Es vergonzoso, además, que cuanto más preparado esté un joven tenga más difícil encontrar un empleo coherente con su formación, pero más fácil trabajar de becario por la barba o una práctica no laboral y pongamos puente de plata para su salida al extranjero. Así pues “La situación en la que se encuentran la mayoría de los jóvenes revela que estamos ante un grave fallo sistémico del modelo socio-económico establecido,  que ya no asegura a las nuevas generaciones itinerarios claros y eficaces de inserción societaria, una vez que han concluido su período de formación[2].” Con la pérdida del futuro juvenil la innovación social necesaria para el desarrollo económico y social se pierde igualmente.

Sin que los propios ciudadanos se enteren se está produciendo un cambio social no meditado ni querido que se ha cebado como un cáncer en los jóvenes. Cambio, por tanto, que trae consecuencias no muy halagüeñas para la mayor parte de ellos. Cuando en todo momento la juventud ha sido el impulso de las nuevas ideas y de las mejoras sociales, estamos cercenando incluso su esperanza de futuro. “Las tasas de pobreza neta entre la población menor de 30 años son de un 29,1 %, siete puntos porcentuales más que el promedio de la población española (22,3 %)[3]” Las investigaciones y la realidad diaria nos muestran que hoy esta década perdida ha traído a la juventud una vida peor que la de sus padres, e, incuso, que si no fuera por sus ascendientes muchos no lo contarían. Esta exclusión social de los jóvenes tiene para ellos graves consecuencias de las que el aumento de la tasa de suicidios es la más grave, pero, también “las depresiones, los consumos de ansiolíticos, las conductas evasivas, la delincuencia juvenil y las tasas de encarcelamiento.[4]

Se requieren soluciones urgentes y prioritarias en contra de las medidas que se han tomado en los últimos años que no han hecho nada más que ir contra los jóvenes. El Gobierno y las instituciones europeas no pueden hacer el avestruz con respecto a este problema que supone un cambio importante en nuestra sociedad. Estamos cimentando una sociedad dónde al que más tiene, más se le da y al que no tiene nada se le quita hasta el porvenir. Por eso, los débiles, los pobres y los jóvenes lo tienen muy difícil sin no se hace algo diferente. Si nos imaginamos un mundo justo no tiene apenas coincidencia con el actual, mundo en el que los presupuestos que nunca bajan son los que se dedican al armamento y a la guerra, negocio en el que confluyen intereses privados e imperialistas y cuyo fin último es matar y destruir vidas.

No sólo se requiere un nuevo pacto generacional, se requieren actuaciones empáticas que hagan resurgir la cohesión social, el cemento social. En una época en la que las riquezas son muy superiores a cualquier otra época de la historia, no tiene que ser tan difícil encontrar soluciones menos egoístas que las que estamos practicando. En una época en la que el conocimiento se multiplica por segundos de manos de internet y las múltiples redes, no puede ser que los vicios privados se sigan considerando virtudes públicas. Este mito como muchos otros basados en el individualismo no hace mejores a las personas, ni mejores a las sociedades. No podemos consentir, en conclusión, el maltrato animal, aunque el animal sea pensante e incluso racional; no podemos maltratar a nuestros hijos.



[1] José Félix Tezanos. Cómo actuar ante la cuestión juvenil. Temas para el debate, junio 2017.
[2] Editorial Temas para el debate, junio 2017.
[3] Ibídem.
[4] Ibídem.

lunes, 29 de mayo de 2017

Formas de disminuir la desigualdad

Hay suficiente evidencia científica para asegurar que la desigualdad que está generando el sistema capitalista actual, hipertrofiado financieramente y en el que el fundamentalismo de mercado impera vestido con su piel neoliberal, es perjudicial no sólo para la gran mayoría de las personas sino, también, para la propia economía e incluso para el propio capitalismo. No tanto para el crecimiento económico como para una economía sana que no explote por los aires haciendo daño a los más débiles. “…los efectos económicos de la desigualdad van más allá de su impacto en la eficiencia en la asignación de los recursos, la calidad del crecimiento y la inestabilidad macroeconómica. Posiblemente el  impacto más importante a largo plazo es sobre el  propio sistema de economía de libre empresa. Esto es así en la medida en que la inequidad extrema produce una quiebra moral del capitalismo.[1]

No obstante, encontrar maneras de reducir la desigualdad es fácil, más de lo que nos han hecho creer. La razón de que no se pongan en marcha estas soluciones tiene que ver menos con las posibilidades de éxito reales y tiene que ver más con los caprichos insensibles de parte de la población que saca grandes beneficios de la situación. Poner el acento, en primer lugar, en la hipertrofia del sistema financiero es esencial para frenar el desarrollo desigualitario, en segundo lugar, es destacable la importante función que tienen las políticas que se lleven a cabo y entre ellas, finalmente, aquellas que tienen por objeto la mejora de la calidad democrática. Así, entre otras soluciones, podemos enumerar:

1.- Reducir la financiarización de la economía es una primera solución. Las finanzas están contribuyendo de forma importante a la desigualdad de la riqueza y de la distribución de la renta. De tal manera que se forma un bucle infinito en el que a mayor desigualdad más probabilidades hay de que ésta siga aumentando. “La hiperfinanciarización de la economía que caracteriza el capitalismo de las últimas décadas no es solamente, por tanto, un problema para los objetivos de estabilidad macroeconómica y equidad distributiva, sino también para el crecimiento económico real.[2]” Limitar la libertad financiera, regular los mercados financieros, es una necesidad apremiante que evitaría esta propensión e, incluso, laminaría el riesgo de nuevas recesiones, riesgo que estamos corriendo y sigue aumentando su probabilidad de cumplimiento.

2.- Normalizar los salarios de los responsables bancarios. La crisis no ha servido para que todos nos apretáramos el cinturón, mientras el gobierno vio como solución de la crisis la reducción de los salarios, los que tuvieron gran parte de la culpa de la crisis aumentaban de forma abusiva e indecente sus retribuciones y se aseguraban sus pensiones con cantidades hirientes para el resto de los ciudadanos. La búsqueda de mayores retribuciones es un estímulo, en los responsables, para una nueva debacle económica.

3.- En un sistema social, como el actual, basado en el empleo, es decir el trabajo retribuido, crear empleo es una condición necesaria para que todos pueden disfrutar de un mínimo de posibilidades de vida y desarrollo. Todavía según la EPA hay 1.438.300 hogares con todos sus miembros en paro. Pero, no obstante, no es suficiente crear empleo, no vale cualquier empleo, se ha demostrado día a día, que con la actual normativa laboral publicada en el 2012, cada vez hay más trabajadores pobres, cuyo salario indecente (en este caso el salario) no llega para una vida sin necesidades básicas y fuera de la pobreza. Aumentar los salarios no es sólo un asunto justo y ético sino, también, una necesidad económica que redundará en un relanzamiento de la economía.
4.- Una fiscalidad más progresiva y una redistribución de la renta más equitativa son otros aspectos necesarios. Ante la pobreza extrema, creo que una política de efectos inmediatos sería la puesta en marcha de la Renta Básica Universal, junto con iniciativas públicas de generación de empleo en Sanidad, Educación, Dependencia, Investigación y desarrollo, Medio Ambiente, etc. Actividades en las que la empresa privada es renuente a entrar siendo, sin embargo, básicas para la cobertura de las necesidades y la igualdad de oportunidades de la ciudadanía.

5.- Las políticas redistributivas públicas tienen una importancia fundamental en relación al aumento de la demanda agregada de los bienes básicos y la eliminación de la pobreza. Las inversiones públicas son necesarias para generar riqueza en beneficio de todos. En contra de lo que se repite machaconamente por el mundo neoliberal, se ha demostrado que los grandes avances tecnológicos han sido financiados por los gobiernos y sin embargo, como viene siendo costumbre inveterada, los beneficios siempre han ido a parar a manos privadas. Dar al Cesar lo que es del Cesar ayudaría a dotar a los Estados de liquidez en beneficio de todos.

El mito del déficit público está haciendo mucho daño a la igualdad. Podemos permitirnos lo que seamos capaces de hacer. Debemos repetir  como dice la Teoría Monetaria Moderna que los países que tienen poder de emitir moneda no pueden quebrar y que pueden financiar todo aquello que con sus recursos puedan llegar a hacer. No hay peor  mal que tener recursos ociosos.
                                                                                                                                 
6.- Cuidar el Medio Ambiente es una riqueza común que disminuiría la desigualdad. Nada menos que en 400.000 millones de euros se estiman las pérdidas acumuladas desde 1980 en los países miembros de la Agencia Europea de Medio Ambiente debido a los efectos del cambio climático. A estos costes habría que añadir las muertes prematuras ocasionadas. Estos costes, sin duda, son asumidos principalmente por los segmentos inferiores de la escala social. Mirar por un Medio Ambiente sano redundaría en el bienestar de todos, no sólo de unos cuantos que con sus inmensas fortunas pueden aprovecharse de ambientes todavía vírgenes.

7.- Mejorar la calidad democrática. Como decía Karl Polanyi en su obra La Gran Transformación “El socialismo es, esencialmente, la tendencia inherente en una sociedad industrial a trascender el mercado auto-regulado subordinándolo deliberadamente a la sociedad democrática.” La Democracia es el menos malo de los regímenes políticos. Además, cuando funciona bien, tiene la virtud de moderar las decisiones políticas dirigiéndolas al bien común. Es esencial una mejora democrática si queremos disminuir la desigualdad.

No podemos permitir que sean otros los poderes que nos guíen por el sistema económico y menos aún el poder financiero que puede encenagar nuestras relaciones. En palabras de Tzvetan Todorov, “la economía se ha hecho independiente e insumisa a todo poder político, y la libertad que adquieren los más poderosos se ha convertido en falta de libertad para los menos poderosos. El bien común ya no está defendido, ni protegido ni exigido al nivel mínimo indispensable para la comunidad. Y el zorro libre en el gallinero quita libertad a las gallinas[3].” Esto es, sin duda, lo que debemos evitar.



[1] Xosé Carlos Arias y Antón Costas (2016:124). La nueva piel del capitalismo. Galaxia Gutenberg.
[2] Ibídem (2016:70)
[3] Ibídem (2016:300)

lunes, 22 de mayo de 2017

Cuando la muerte de los demás no importa

Si las sociedades fueran tratadas como si fueran personas habría muy pocas que pudieran salvarse del internamiento en centros psiquiátricos o carcelarios. Leer cualquier libro de historia nos demuestra que las luchas por el poder han centrado la evolución histórica y que se ha vivido más para la muerte que para la vida. Es verdad que a pesar de todo eros sigue venciendo día a día a tanatos, pero me sigue sorprendiendo la locura humana que es capaz de buscar recursos de pozos secos y sin embargo manifiesta imposibilidad de encontrarlos cuando se necesitan para salvar vidas, para evitar muertes.

Leyendo el libro de Josep Fontana, El siglo de la revolución, una historia del mundo desde 1914, siento como si los dirigentes de los distintos países no tuvieran que ver nada conmigo. Sus fundamentalismos, sin atisbo de duda, han propiciado verdaderos genocidios a lo largo y ancho de este mundo. La insensible crueldad mostrada me hace pensar que si esto no tiene vuelta el futuro de la humanidad no puede estar muy lejos. La confrontación de fundamentalismos enconados por el miedo y las ansias de poder han mantenido una locura colectiva de la que algunos no quieren salir y otros no  sabemos.

Las dos guerras mundiales; las guerras inventadas por los Estados Unidos, en primer lugar, seguidas por las creadas por los imperios europeos, Rusia, Japón y China…nos dejan ver un mundo dirigido por dementes que han creado sociedades enajenadas. Leo a Josep Fontana: “Resulta incomprensible que los servicios de inteligencia norteamericanos, que disponían de la información que les proporcionaban sus satélites, pudiesen creer que los soviéticos disponían de un arsenal de destrucción superior al de Estados Unidos, que en aquellos momentos era de 1.054 misiles balísticos intercontinentales, y de 656 SLMB que podían dispararse desde submarinos, además de los miles de bombas atómicas desplegadas en 27 países distintos: lo suficiente para acabar varias veces con la vida del planeta.” (Fontana 2017:459). Esta locura de Reagan pudo haber ocasionado la Tercera Guerra Mundial, en la que hubieran muerto millones de personas. Esta vez hubo suerte.

Pero, no podemos olvidar la obsesión delirante y criminal de los Estados Unidos por los regímenes comunistas en los últimos cien años que queda patente en otro párrafo del libro “El hombre que dirigió la CIA de 1981 a 1987, Villiam J. Casey, católico de misa diaria, pensaba que la Iglesia católica y el islam eran aliados naturales contra el comunismo ateo, lo que explica que no sólo diese apoyo a las organizaciones islamistas radicales, sino que se hiciese imprimir miles de ejemplares del Corán en lengua uzbeka para distribuirlos en Afganistán.  Casey favoreció la práctica del terrorismo más brutal, fomentando el uso por los muyahidines de los coches bomba, dirigidos contra los profesores de la Universidad de Kabul y contra los medios de comunicación de la izquierda laica.” (2017:466). Es imposible no ver en los últimos años manifestaciones de locura ocasionadas por estos delirios.

El celo anticomunista sigue encendiendo, aun hoy, la mecha de la disensión y el enfrentamiento político y bélico. Estados Unidos lo llevó al extremo en América Latina. Fontana señala como de un grado máximo la llevada en Guatemala “Las peores consecuencias de estas guerras sucias las sufrió Guatemala. Hacia 1978 el gobierno inició una oleada de torturas y asesinatos con el fin de liquidar el sindicalismo urbano, a lo que agregó, a partir de 1981, el empleo del ejército en una campaña de masacres e incendios en el medio rural, en una política de tierra quemada que provocó una auténtica guerra popular.” Estas campañas de exterminio, dice Greg Grandin, estaban alentadas a un tiempo “por el celo anticomunista  y por el odio racial” “Las matanzas eran brutales, hasta un extremo inimaginable. Los soldados  asesinaban a los niños a la vista de los padres, extraían órganos y fetos,  amputaban los genitales o las extremidades, cometían violaciones en masa y quemaban algunas víctimas vivas.” Las investigaciones de una comisión de la verdad patrocinada por las Naciones Unidas, sigue relatando Fontana, revelaron posteriormente que en los treinta y cuatro años de conflicto armado hubo en Guatemala 161.500 asesinatos y 40.000 desaparecidos, y que el gobierno realizó de 1981 a 1983 una actuación deliberada de genocidio contra la población maya. (Fontana 2017:472-473).

Parece que la humanidad no aprende. No podemos vivir sin enfrentamientos que hacen de este mundo un valle de lágrimas.  Siempre tenemos que estar buscando enemigos contra los que nos sentimos vivos. En esta lucha contra el fantasma del comunismo, no podemos olvidar, Corea, Vietnam, los Jémeres Rojos,  Irak de Saddam Hussein, etc. En todas estas guerras y otras muchas que vienen jalonando la historia de la humanidad la muerte de los demás no importa, cuando los intereses personales, a veces de unos pocos, están en juego.

“De esta forma, uno de los intentos de transformación social, que se inició en Rusia en 1917, ha marcado la trayectoria de los cien años transcurridos desde entonces. La amenaza de subversión del orden establecido que implicaba el modelo revolucionario bolchevique determinó la evolución política de los demás, empeñados en combatirlo y, sobre todo, en impedir que su ejemplo se extendiera por el  mundo. Fascismo y nazismo,  por ejemplo, nacieron como respuestas a la amenaza comunista, proponiendo como alternativa modelos de revolución nacionalista que no pasaron de formulaciones retóricas.” (Fontana 2017:11)


Me pregunto ¿por qué es tan difícil que las ideas favorables a que todos vivamos con autonomía y bienestar salgan adelante y, sin embargo, sean tan duramente atacadas? Me pregunto ¿quién defiende a los que defienden los Derechos Humanos?

martes, 16 de mayo de 2017

Una economía al servicio de todos

Se dice que en una economía eminentemente capitalista como la de Estados Unidos la desigualdad es manifiesta, así si dividimos su riqueza nacional en tres partes, un 33 % iría a parar a las manos del 99 % de la población, otro 33 % estaría en poder del 9 % de la población, y el 33 % restante lo poseería el 1 % de la población restante. El capitalismo en general ha demostrado que es un sistema que cuanto más puro es más desigualdades ocasiona entre la población. No parece, sin embargo, que exista ninguna razón ética ni económica para que siga perviviendo. Si el capitalismo pervive es porque aquella población poderosa que sale beneficiada se constituye en la principal fuerza defensora del sistema. Pero está demostrando que mientras muchos tienen que conformarse con migajas otros pueden vivir a “todo tren” con una millonésima parte de sus recursos, propiciando con el sobrante la especulación y el uso interesado y desequilibrante de su riqueza, y provocando con la misma una espiral de desigualdad que cada vez es mayor. Además, debido a que el capitalismo es parásito del crecimiento incesante, es un peligro que ya ha mostrado la cara para la conservación del medio ambiente.

Está demostrado, además, que el sector privado, motor del libre mercado, tiene mucho que ver en las desigualdades y la pobreza. El sistema económico actual basado en el trabajo precario y esclavo, es especialmente injusto y cruel cuando no ofrece trabajo a todas las personas y el  desempleo sube a porcentajes criminales. “Según datos de Eurostat, el  porcentaje de personas en situación de pobreza teniendo en cuenta los ingresos que obtienen del mercado laboral en la UE (27 países) sería del 45 %. Esto es, prácticamente la mitad de la población sería considerada pobre si únicamente se tuvieran en cuenta los ingresos de su salario. Sin embargo, considerando los ingresos por transferencias públicas, solo el 17 % dispondría de unos ingresos por debajo del umbral de la pobreza[1].” La evidencia entonces es que el fundamentalismo del mercado hace daño a las personas y no trata a todo el mundo igual.

Una de las características del sistema económico imperante, el llamado neoliberalismo, es que no integra en sus costes de producción privada las externalidades negativas y esto puede tener consecuencias nefastas. De esta manera seguimos propiciando aquellas actividades que no sólo fomentan la desigualdad sino que atentan contra nuestra propia existencia. Seguimos propiciando el automóvil, el transporte y el consumo de petróleo, subvencionando el consumo de combustibles fósiles por encima de lo que se subvenciona a las renovables, cuando nuestra dependencia de las energías fósiles, perjudicial para nuestra economía, es de cerca de un 75 % y sin embargo tenemos sol casi durante todo el  año. Seguimos, en fin, yendo contracorriente abocándonos a un abismo sin posibilidad de retorno conducidos por ciegos y sordos pero con un alto nivel de egoísmo.

En economía se denomina externalidades a los efectos indirectos generados por el sistema productivo, el consumo o la inversión. Estas pueden ser positivas y negativas. Las positivas como por ejemplo la vacunación o la investigación y desarrollo, son actividades que se deben potenciar porque consiguen beneficios no sólo para quien las realiza, sino, también y sobre todo para la mayoría. Las negativas, como el uso del petróleo por motivos contaminantes, se deberían evitar y en caso de ser imposible esto, al menos, cargar sus costes a aquellas empresas que lo generan. Estos efectos negativos por lo general no minoran la cuenta de resultados de las empresas y, así, aumentan sus beneficios a costa de que los ciudadanos a través del  Estado paguen el arreglo de sus desaguisados. Ejemplos recientes tenemos muchos: sistema financiero, eléctricas, Castor, autopistas, etc.

Obviamos las externalidades, cuando estas influyen en un desarrollo inarmónico y desigual y, sin embargo, seguimos empeñados en considerar en cualquier proyecto parte de los costes los salarios de los trabajadores. Pero a nivel social, a nivel macroeconómico, estos salarios son sólo estímulos para consumir productos y servicios desarrollados por las empresas. En definitiva para aumentar la demanda agregada. El Estado tiene obligación de subvencionar estos salarios cuando la inversión es necesaria y prioritaria en el desarrollo de la sociedad. El consumo como la producción tienen que servir a los objetivos de la humanidad, lo que se consigue cuando el beneficio es común y, sin embargo, se pierde cuando sólo se consideran los objetivos de unos pocos.

La dirección tomada por el sistema económico actual no es la correcta. La socialización de las pérdidas (es decir pagan los que menos tienen y son menos responsables) y la apropiación de las ganancias individualmente (es decir se las apropian los que más tienen) no es un sistema ni ético ni beneficia a la economía. Debiéramos, sin duda, atender y aprender de las palabras escritas por Victoria Camps; este “mundo no surgió de la ponderación y el examen sobre lo que se debía hacer para el bien de todos, sino de la desmesura propiciada por mentes atolondradas y poco reflexivas.[2]



[1] Mir García, Jordi y Veciana Botet, Paula (2016:115) ¿Y si la economía se rigiera por lo que es justo? RBA.
[2] Camps, Victoria. Elogio de la duda. Editorial Arpa. Barcelona 2016.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Borrachera de gasto público

El pasado miércoles día 3 de mayo de 2017, el Ministro de Hacienda tuvo el descaro de seguir mintiendo a la ciudadanía diciendo que la crisis tuvo como origen la borrachera de gasto público y que ahora los partidos de la oposición querían ya marcharse de copas. Concretamente, el ministro que ha querido anticiparse a las críticas que le iban a lanzar posteriormente los grupos de la izquierda afirmó que “hemos salido de la crisis que venía de la borrachera del gasto público y ya quieren irse de copas para celebrarlo. Eso es lo que están diciéndonos que volvamos a hacer con sus propuestas algunos de los grupos políticos de esta cámara”. Estas palabras fueron mencionadas para defender la austeridad en el gasto social incluido en los Presupuestos Generales del Estado. Sin duda palabras poco afortunadas y llenas de retórica turbia y manipuladora.

Un economista con la mínima formación, y el Ministro no parece ser uno, no podría caer en tal error, por lo que hemos de considerar que la campaña de mentiras, con el subterfugio del miedo, sigue manipulando la opinión pública por mor al interés partidario. Si tenemos en cuenta que la crisis última que en nuestro país aún padecemos se inició en Estados Unidos en el año 2007 y que podemos considerar que aquí arribó en el año 2008, sólo hay que ir a los datos oficiales para ver que en los años 2005, 2006 y 2007, previos a la crisis no sólo no había déficit en el gasto público sino que hubo superávit presupuestario y, también, se alcanzó el nivel más bajo de deuda pública.

En mentiras como ésta se basa toda la economía del neoliberalismo. Recortar y quitar a los pobres para dárselo a los ricos. Práctica simplista que funciona por hipnosis de la mayoría. Somos capaces de tragarnos que el gasto público fue la causa de la crisis y que el Plan E de Zapatero fue el mayor despilfarro y sin embargo asistimos atónitos, pero insensibles a cualquier modificación de voto, cuando el  gobierno destina 3.500 millones de euros para asumir las autopistas de peaje en quiebra, cuando sin dolor se asigna al caso Castor 3.000 millones de euros, coste que irá cargado al consumidor, cuando se nos dice que debemos a las eléctricas millonadas para seguir engordando sus beneficios y generando más pobreza energética. Pero es aun más grave que el despilfarro público lo sigan haciendo aquellos que consideran que este gasto debe ser mínimo. Pregunto: ¿sabemos cuántos millones públicos se han perdido en nuestro país con la corrupción política: corrupción estructural, piramidal y en red, en la que verdaderamente sí somos punteros? En verdad, es imposible de calcular, pero es una cantidad muy grande, inmensa y muy superior al Plan E.

Ante tal despilfarro, el plan E., si de algo pecó fue de insuficiente para poder aguantar el inmenso agujero que había ocasionado el sistema financiero mediante la especulación y la burbuja inmobiliaria. El Plan E constaba de cuatro ejes de actuación principales: medidas de apoyo a empresas y familias; de fomento del empleo; medidas financieras y presupuestarias; y, por último, medidas de modernización de la economía. La primera parte del plan E inyectó 7.836 millones de euros, y la segunda hasta 5.000 más. Estos fondos fueron repartidos entre las diferentes administraciones, siendo los ayuntamientos los organismos que decidían en qué obras públicas se debían invertir los dineros. Si algo falló no fue el plan, cada uno tendrá que saber en qué se fue el dinero que gestionó. Lo que sí parece es que nuestra sociedad no está dispuesta a defender los derechos y la dignidad de todos los ciudadanos y aplaude indolente las inmoralidades de unos pocos que gozan de impunidad y ataca, además, sin cordura lo que realmente no conoce.

¿Qué extraño proceder tiene nuestra sociedad? Respetamos aquello que siendo un hecho real nos perjudica y somos tiránicos con aquello que carece de realidad. Repetir y repetir mentiras parece la herramienta más usada por los partidos políticos ricos en intereses propios. Somos, además, como piedras a la hora de empatizar con nuestros semejantes, a pesar que según los expertos algo hemos avanzado en ello. Aún hoy muchos millones de personas, carecen de lo esencial de la vida,  viven a diario con el hambre, analfabetismo, inseguridad y la falta de voz. Al mismo tiempo, la presión colectiva de la humanidad en el planeta ya ha sobrepasado algunos límites del planeta.

Es necesario un cambio, la humanidad no puede seguir evolucionando a base de mentiras, intereses partidarios y guerras: bombazo allí y bombazo allá. Se necesita poner en marcha nuevas ideas que realmente beneficien a toda la humanidad. Ideas que eliminen el cáncer de la desigualdad, que eviten la tremenda crisis en la que está instalada nuestra nave tierra. Admitir ideas que supongan un nuevo sistema distributivo de la riqueza y un funcionamiento del dinero acorde a la realidad actual y en consonancia con  objetivos económicos comunes y más justos.


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