viernes, 22 de septiembre de 2017

Cuando el conflicto se convierte en tapadera

Viendo lo que ocurre entre los políticos de nuestro entorno, no me queda por menos observar que muy poco hemos evolucionado, que el infantilismo, o al menos la adolescencia, abunda en aquellos que tienen que dirigir las sociedades humanas. Aprender de situaciones precedentes debiera ser lo normal en el hombre. Pero parece que lo más habitual, sin embargo, es que el hombre sea un lobo para el hombre como ya señaló el filósofo Thomas Hobbes. Poco nos diferenciamos de otras especies que enseñan las garras y los dientes en un mundo, no obstante, más adverso. Pero el hombre, a pesar de que tiene más posibilidades, hemos de reconocer que se comporta con engaño, egoísmo y malicia; haciendo imposible la búsqueda de un mundo mejor para todos.

Incluso parece que las buenas intenciones de algunos políticos, lo único que pretenden es tapar y esconder tras cortinas de humo, las intenciones no declaradas. Ya que como nos decía el educador brasileño P. Freire “¿Cómo esperar de autoritarios y autoritarias la aceptación del desafío de aprender con los otros, de tolerar a los diferentes, de vivir la tensión permanente entre la paciencia y la impaciencia? ¿Cómo esperar del autoritario o de la autoritaria que no estén demasiado seguros de sus verdades? El autoritario que se convierte en sectario, vive en el ciclo cerrado de su verdad en el que no admite dudas sobre ella, ni mucho menos rechazos. Una administración autoritaria huye de la democracia como el diablo de la cruz.[1] “Y de sectarios partidistas estamos rodeados.

Y es que se nos llena la boca con la palabra democracia, cuando la estamos envileciendo, la estamos vapuleando sin misericordia día a día. Realmente no queda más remedio que más democracia para resolver los problemas que nos acucian. Pero en una democracia la tolerancia con las ideas del otro debiera ser un factor que procure el aprendizaje, que procure las ideas que no lleven a resolver los problemas. “Ser tolerante [nos dice también Freire] no significa ponerse en connivencia con lo intolerable, no es encubrir lo intolerable, no es amansar al agresor ni disfrazarlo. La tolerancia es la virtud que nos enseña a convivir con lo que es diferente. A aprender con lo diferente, a respetar lo diferente. En un primer momento parece que hablar de tolerancia es casi como hablar de favor. Es como si ser tolerante fuese una forma cortes, delicada, de aceptar o tolerar la presencia no muy deseada de mi contrario. Una manera civilizada de consentir en una convivencia que de hecho me repugna. Eso es hipocresía, no tolerancia. Y la hipocresía es un defecto, un desvalor. La tolerancia es una virtud. Por eso mismo si la vivo, debo vivirla como algo que asumo. Como algo que me hace coherente como ser histórico, inconcluso, que estoy siendo en una primera instancia, y en segundo lugar, con mi opción político-democrática. No veo cómo podremos ser democráticos, sin experimentar, como principio fundamental, la tolerancia y la convivencia con lo que nos es diferente.[2]”

El diálogo, la búsqueda de opciones mediante la conversación sincera es imprescindible. El diálogo debe ser un encuentro entre seres humanos que puede ayudarnos a transformar el mundo. Sólo con el otro podemos transformar el mundo. Reconocer al otro es una forma de humanizar, humanizarnos y hacer el mundo más habitable. La violencia siempre genera violencia y pocas veces se puede terminar una negociación machando al contrario. No obstante, el remedio que aplicamos para resolver nuestras diferencias sigue siendo la solución militar, las guerras, el autoritarismo, el “porque lo mando yo”, incluso porque así lo dicen las leyes, aunque, por activo y por pasivo somos conscientes de que poco adelantamos con ello, salvo el beneficio de aquellos que aumentan su fortuna o su poder consiguiendo que todo siga igual. Los grandes cambios, no obstante, han surgido siempre como consecuencia de importantes evoluciones en la forma de pensar. Las ideas, por otra parte, siempre han sido los muros más difíciles de saltar. Aquello en lo que creemos como dogma de fe, porque en muchos casos se ha asentado en lo más profundo de nuestro ser, suele ser la prisión que no nos deja caminar: evolucionar. Por ello cambiar el esquema de pensamiento, la cultura, los valores, etc. puede ser un camino adecuado para el cambio y la resolución de conflictos.

No vivimos sólo para que nuestros sentidos perciban el mundo, sino también para que con nuestras acciones podamos modificar y conseguir un mundo mejor que nos encamine a un desarrollo de nuestras capacidades, y éstas, a la vez, nos ayuden a buscar valores que entronquen con nuestros fines, con el sentido último de nuestras vidas, o, al menos, nos permitan valorar las mejores decisiones que nos encaminen hacia un mundo más armónico y beneficioso para la humanidad. Para ello hay que huir, por principio, de la posesión de la verdad, ya que aquel que cree tenerla está encadenado a ella y no tiene libertad. La mejor herramienta para conseguir resultados beneficiosos en nuestras sociedades sigue siendo la educación, la educación abierta, dialogante y no doctrinaria, que ayude a conocer, comprender y humanizar a nuestros semejantes, generando compasión, generando incremento de empatía[3].

En estos tiempos capitalistas en los que la innovación ha reemplazado a la productividad, en los que las empresas innovadoras son las que crecen exponencialmente, nuestros gobernantes siguen anclados a formas que deberían haber sido enterradas hace mucho tiempo; formas que sólo demuestran el escaso nivel de empatía para realizar su trabajo, o, también, más que las ganas de mejorar la sociedad que dirigen, la intención de tapar sus debilidades, sus corrupciones, su egoísmo, su poca sensibilidad con los demás.



[1] Freire, P. (2005:19). Cartas a quien pretende enseñar. Buenos Aires: Silgo XXI.
[2] Freire, P. (2013:45). Pedagogía de la tolerancia. Rio de Janeiro: Paz e terra.
[3] Ver también mi artículo La humanidad cotiza a la baja.

sábado, 16 de septiembre de 2017

Descubriendo verdades: ¿quién paga los beneficios empresariales?

Tanto los seguidores de los economistas austriacos que propugnan un Estado Mínimo como los muchos seguidores del neoliberalismo actual que azotan con sus políticas austeras a los ciudadanos de muchos países y con anhelo privatizador, centran su política económica en las mejoras de los beneficios empresariales, mandándonos el mensaje de que habiendo beneficios todos ganamos. Aun sabiendo perfectamente que parte, incluso diría gran parte, de los beneficios empresariales son financiados por el Estado y conforme el arte económico actual de esos beneficios sólo recae en los ciudadanos la parte amarga de sufragarlos.

Así, si hablamos de políticas salariales, éstas van siempre en la misma dirección, se busca la reducción de los costes de la mano de obra y mediante la excusa de la competencia internacional, la globalización y las mejoras tecnológicas, los salarios tienden a cero con excepción, es verdad, de aquellos emolumentos de administradores y grandes especialistas que prosperan a base de reducir los salarios de los demás trabajadores.

Los despidos facilitados por la Ley de febrero de 2012 han facilitado, también, una reducción de costes empresariales importantes, al mismo tiempo que dejaban el marrón de la cobertura de las necesidades más perentorias de los ciudadanos al Estado. Éste ha tenido que abonar los costes del desempleo y de las políticas activas y pasivas de empleo. Además ¿Quién paga la precariedad rampante? Sin duda los trabajadores y, también, el Estado. ¿Quién se beneficia? Las empresas, aunque claramente no sus trabajadores, sino sus directivos y accionistas. Son muy transparentes las palabras del premio nobel de economía francés Jean Tirole: “Hoy, enlazar contratos temporales con paro, la rescisión de contratos y el paro de larga duración se traducen en subida de los impuestos o en un aumento de las cargas sociales, poco propicios a la eliminación del paro.[1]”

La banca es el ejemplo más bochornoso, cuando su negocio especulativo con el dinero de los demás no puede mantenerse el Estado les da a fondo perdido miles de millones de euros que en la práctica se sacan de los recortes en bienes y servicios públicos y de los impuestos cargados al contribuyente. Pero, es que además, los bancos siguen obteniendo beneficios abusivos, por supuesto a costa de los propios ciudadanos, y  sus administradores y directivos siguen aumentando sus retribuciones  y riquezas como si fueran grandes figuras del deporte. La traca final ha venido con los desahucios de ciudadanos en muchas ocasiones por obra de los propios bancos, lo que ha supuesto el culmen del abuso, realizado por las ambiciones de unos y que han tenido que pagar aquellos que menos culpa tenían.

Las jubilaciones anticipadas o parciales llevadas a cabo por las grandes empresas son, también, regalos envenenados que han explotado en las propias manos del Estado, regalos que  el propio Estado ha tenido que costear y que en aras del equilibrio presupuestario, impuesto por  los neoliberales, han sido repercutidos, ¡cómo no!, a los ciudadanos, especialmente a los que tienen nómina. En el mismo sentido han obrado las deducciones y exenciones, tanto en beneficios como en contratación, de las que se han aprovechado especialmente las grandes empresas dejando, sin embargo, a un lado las necesidades básicas de muchos ciudadanos: niños, jóvenes y mayores.

Son estos tiempos de ampliación del espectro de rentas y de riquezas, en los que la desigualdad no hace más que aumentar; está claro que más que una crisis lo que está pasando es una expropiación soterrada de los beneficios sociales por parte de una minoría que ostenta el poder y da muestras de un gran egoísmo, egoísmo que no cesa y que nos llevará al desastre. Ya que este egoísmo no para ni ante los desastre ecológicos y el calentamiento global. Siendo los mayores negacionistas del cambio climático aquellos que siguen aprovechándose de sus riquezas esquilmándolas, pudiendo evitar en ellos sus consecuencias; viviendo donde les apetezca con suma seguridad y resistiendo a golpe de dólares fácilmente los embates de la naturaleza.

Las desigualdades que están mostrando las políticas neoliberales han sido repetidas y demostradas por activo y por pasivo. De hecho tanta información está sirviendo de anestesia y tanto número termina ofuscándonos. No obstante debemos constar nuevamente nuestro mundo desigual: “Vivimos en un mundo insultantemente desigual, en el que las 62 personas más ricas del planeta acumulan la misma riqueza que los 3.600 millones más pobres, en el que el 10 % más rico del planeta tiene más de a mitad de la riqueza del planeta, y en el  que se estima que hay 925 millones de personas que se encuentran en situación de hambre crónica a pesar de que el planeta Tierra genera dos veces más alimentos de los que sus 7.300 millones de habitantes precisan para vivir.[2]”

La verdad es dolorosa pero aún peor es la realidad y la gran realidad es que este sistema económico injusto e inmoral se olvida del sufrimiento que está padeciendo muchísima gente.



[1] Tirole, Jean (2017:274) La economía del bien común. Taurus.
[2] Garzón, Eduardo. Desmontando los mitos económicos de la derecha (2017: introducción). Península.

domingo, 10 de septiembre de 2017

El dinero no puede escasear

Con el miedo metido en el cuerpo la mayor parte de los ciudadanos defienden que no hay dinero para las pensiones, no hay dinero para una mejora de los salarios, no hay dinero para generar puestos de trabajo aunque sean necesarios social y humanamente, no hay dinero para que todos los ciudadanos tengan los recursos mínimos para poder vivir con dignidad y desarrollar sus potencialidades, etc. Sin embargo, esta forma de pensar es un error garrafal que nos mantiene ciegos a las posibilidades de la economía. Los economistas neoclásicos y la mayoría neoliberal que actualmente dominan el pensamiento económico son culpables de sostener que el dinero es como una mercancía y, por tanto, puede escasear y su escasez hace que en el mercado su oferta y demanda pueda influir en el precio. No obstante, hasta el padre de la economía Adam Smith tenía claro que la riqueza de una nación no se mide en valores monetarios sino por su capacidad para producir bienes y servicios.

Los obsesos del equilibrio presupuestario, los que ponen por encima de las personas el déficit presupuestario, los austericidas, adalides de los recortes, de que los demás lo pasen mal y de facilitar los beneficios a los que más tienen, quitando, sin remordimiento, servicios públicos básicos y universales, han martilleado con el mantra de “no hay dinero”. Realmente, para ellos esto significa que no hay dinero para todo aquello que no les beneficie, que tenga que ver con la ayuda a los demás que no lo merecen. Así, todos sabemos que a la hora de evitar los descalabros de la élite se ha sacado dinero debajo de las piedras. Y es que hacer dinero actualmente, en contra de lo que nos han grabado en las mentes, no es tan difícil, mayormente sólo se necesita poner números en las cuentas bancarias oportunas. Mayormente se requiere sólo una decisión política.

Un ejemplo por muchos conocido y demostrativo de la realidad actual del dinero, tiene que ver con una anécdota que se cuenta del gobernador de la Reserva Federal de los Estados Unidos en los inicios de la crisis, crisis en la que nuestro país todavía está. Para evitar el derrumbe de AIG; la mayor compañía de seguros que, debido a los impagos provocados por la burbuja inmobiliaria, se estaba hundiendo; previo acuerdo de la Administración, se le concedió un préstamo de 85.000 millones de dólares, casi nada, y a la pregunta del periodista asombrado: ¿de dónde ha sacado la Reserva Federal ese dinero? ¿No será dinero de los contribuyentes? La contestación de Ben Bernanke, en aquel tiempo gobernador, fue “No. No es dinero de los contribuyentes. Los bancos tienen cuentas con la Reserva Federal, como usted puede tener una cuenta con un banco comercial. De tal forma, para conceder un préstamo a un banco, sencillamente utilizamos el ordenador para ampliar el volumen de la cuenta que tiene con la Reserva”.

El dinero, nos tenemos que dar cuenta, tiene que servir para mejorar la economía y la economía para el bien de todos los ciudadanos. Para ello, se necesita una nueva conciencia para un nuevo tiempo. El Foro de la Nueva Economía e Innovación Social (NESI) propone un cambio de valores, un sistema de derechos y valores en el que la justicia, la solidaridad, la sostenibilidad, la igualdad, la autonomía y la colaboración estén en su centro. Para ello la nueva economía tiene que anteponer cubrir necesidades a sólo satisfacer deseos; cuidar y vivir antes que consumir; solidaridad y colaboración en lugar de individualismo y competición; democracia  y distribución de la riqueza frente a la concentración de poder[1]. En esta nueva economía los bancos y las finanzas tendrán que estar al servicio de las personas y la mejora social, posición que nunca debieron abandonar. En esta nueva economía los Derechos Humanos, la armonía entre las personas y el planeta tienen que ser la prioridad.

Si podemos ver que el dinero no puede escasear, que no es una mercancía que el hombre necesite para vivir. Si somos conscientes de que tenemos 3.335.924 parados registrados a julio 2017 y 4.255.000 parados según la EPA de junio 2017, parados que pueden aportar su granito de arena produciendo bienes y servicios necesarios para la vida. Nos tiene que hacer daño y deberíamos decir ya basta al conocer que en los Presupuestos Generales del Estado del presente año 2017, se han asignado 342 millones de euros para la protección de la familia y para la lucha contra la pobreza infantil, y, sin embargo, se han asignado 32.171 millones de euros para pagar la deuda, deuda en gran parte abusiva y respaldada en la política del egoísmo y el individualismo; o los más de 60.000 millones dedicados a pagar el rescate bancario, dinero que ya deberíamos saber cómo fue creado y que no ha servido para mejorar la economía.

La obsesión relativa al equilibrio presupuestario en nuestro país está tan llena de incoherencias que nos está mostrando como el controlador, la Administración Central, es en realidad el que menos respeta la norma. Pero es que algunas Administraciones locales la están respetando y obteniendo incluso superávit (el Ayuntamiento que más ha reducido la deuda es el de Madrid, precisamente los que más se han esforzado en reducir la deuda han sido los Ayuntamientos coaligados con Podemos, irónicamente los que están más en contra de la regla de estabilidad presupuestaria) y es, en consecuencia, de locos que encima se pretenda que los ahorros se dediquen a reducir la deuda cuando los municipios, más sensibles con las necesidades sociales, la quieren dedicar a la política social. Esto no es ningún adelanto, esto es más de la misma medicina. Se necesita, sin duda, una nueva conciencia.



[1] Ver Alternativas Económicas. Septiembre 2017. Núm. 50 pág. 52.

lunes, 4 de septiembre de 2017

Siempre tropezamos en la misma piedra: la guerra

Hay algo en las personas, en sus relaciones dentro de las comunidades humanas, que impide aflorar soluciones a las desdichas de la mayoría. El dinero y el poder, es verdad, se erigen como instrumentos de competición que dividen más que unen. El juego otrora elemento de grandes momentos en la vida de las personas, se ha convertido en deporte, en el que la mayoría pierde y se endiosa a los ganadores. La virtud ya no está en la cooperación y la solidaridad sino en pulir tu cuerpo y mente para triunfar, no sobre uno mismo, sino sobre los demás. El producto que se nos vende es el triunfador de la justa, el que queda en pie después de haber masacrado a sus oponentes. Y así, en la relación entre los países, la guerra es el recurso inmoral para solventar disputas y erigirse en vencedor, pero, también, la guerra es la excusa, la piedra en el que los poderosos hacen tropezar a poblaciones enteras en beneficio propio.

Es sorprendente que sólo para hacer la guerra se ponen en marcha todos los recursos existentes en una sociedad, en un estado. Ningún otro objetivo consigue aunar tanta facilidad para disponer de aquello que muchos dicen que escasea: dinero. Pero, en la guerra lo que se tiene en cuenta no es tanto el dinero (Dios vacío), sino las posibilidades de generar bienes y servicios con un solo objetivo: ganar la guerra. Esta utilización de los recursos se nos invisibiliza en tiempos de paz a pesar de su lógica. Nos decía el gran economista Keynes “Con nuestros hombres desempleados y equipos sin utilizar es ridículo decir que no podemos permitirnos nuevos desarrollos. Es precisamente gracias a estos equipos y estos hombres que podemos permitírnoslos[1]”.

En las continuas crisis del sistema capitalista ha sido gracias a Keynes y sus políticas de gasto público contracíclico que hemos salido más o menos indemnes. No obstante, siempre ha habido una guerra a mano para excusar el mayor gasto necesario, la puesta en marcha de inversiones públicas y atacar el desempleo. Así, olvidamos viejas lecciones. ¿Cómo se provocó la II Guerra mundial? Básicamente por imposiciones imposibles de cumplir a los vencidos. ¿Cómo se salió de la II Guerra Mundial? A través del New Deal de Franklin Delano Roosewelt y políticas que hicieron posible los Estados de Bienestar Social, pero también y desgraciadamente por poner en marcha una maquinaria bélica en vez de una economía de paz. Nadie parece que se acuerde de las tres décadas de prosperidad sin precedentes, los treinta gloriosos que transcurrieron entre el final de la II Guerra Mundial en 1945 y la primera crisis del petróleo de 1973. Y, sin embargo, ¿Cuántas guerras se utilizaron por los Estados Unidos para hacer políticas Keynesianas de gasto público: Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, etc.?

Pero hay quien todavía tropieza por enésima vez en la misma piedra. Aplica recortes en los servicios públicos; sanidad, educación, dependencia, pensiones, etc., recorta salarios, pone velas al dios de la intransigencia y organiza una economía que fomenta la riqueza de los que más tienen en perjuicio de los que más lo necesitan. Dicen que el mercado a la larga todo lo arregla, pero en un mundo competitivo e individualista esa no suele ser la consecuencia. El famoso escritor George Orwell comentaba que “el problema de las competiciones es que alguien las gana.” Y muchos las pierden. Así, la cruzada neoliberal contra el Estado y las soluciones a base de austeridad, tiene claros ganadores y un resultado evidente: la desigualdad entre las naciones y entre los propios ciudadanos de cada nación. Desigualdad que no para de crecer incluso en momentos de crecimiento económico.

Un estudio de la Universidad de Valencia y el IVIE revela que España gasta un 25 % menos que los países de la zona euro en sanidad, educación y protección social y que desde 2009 ha aumentado la diferencia. Las cacareadas mejoras del PIB solo han mejorado los bolsillos de unos pocos y, sin embargo, han instalado sin posibilidad de cambio a muchos españoles en la pobreza, la precariedad y el paro. Dos de cada tres hogares españoles no han percibido los efectos de la recuperación económica.

Se requiere una parada en seco a las políticas de austeridad. Portugal dio la espalda en el año 2014 a estas políticas con la presidencia del socialista António Costa y su coalición de izquierdas, mediante el restablecimiento de los salarios, las pensiones, la jornada laboral y, en general, la situación existente antes de la crisis. Los resultados son muy elocuentes, mejora del consumo, crecimiento económico y, sobre todo, la reducción del paro que está por debajo del 10 % y ha bajado cerca de 8 puntos porcentuales en cuatro años. Algunos tendrían que comparar en vez de hacernos creer que estamos en nuestro país cerca del paraíso.

Debemos preguntarnos el porqué no se ponen en marcha políticas económicas que han funcionado y funcionan en momentos de crisis y por qué si somos conscientes de las posibilidades ociosas que una nación tiene sólo las activamos para incrementar la maquinaria de guerra. ¡Qué gran cambio social tendríamos si esas posibilidades las pusiéramos en marcha en tiempos de paz! Pero… ¿volveremos a tropezar en la misma piedra?



[1] Skidelsky, John Maynard Keynes, vol. 2: Economist as savior, p. 297

viernes, 25 de agosto de 2017

Las externalidades, el Medio Ambiente y el crecimiento del PIB

En economía se denomina externalidades a los efectos indirectos generados por el sistema productivo. Estos pueden ser positivos y negativos. Los positivos como por ejemplo la vacunación, son actividades que se deben potenciar porque consiguen sinergias y beneficios para la mayoría. Los negativos como la extracción y uso del petróleo, o todas aquellas actividades que polucionan el medio ambiente, se deberían evitar y en caso de no ser posible, al menos, cargar sus costes a aquellas empresas que lo generan y se benefician de ello. Ya que estos efectos negativos por lo general no minoran la cuenta de resultados de las empresas y, así, sus beneficios son mayores a costa de que los ciudadanos a través del  Estado paguen el arreglo de sus desaguisados, o, también paguen con la disminución de su calidad de vida.

En julio de 2010 una resolución de la Asamblea General de las Naciones Unidas consagró el  derecho al  agua potable y al saneamiento como un derecho humano fundamental. No cabe duda que es un problema fundamental que ya tenemos y que en el futuro será trascendente. En protección de riesgos futuros para las personas, a la primera declaración de los Derechos Humanos de 1948, se han añadido otros derechos que se han denominado de Tercera Generación, entre ellos se concretan los relativos al uso de los recursos naturales y a la preservación de los equilibrios ecológicos imprescindibles para la vida[1]. Sin embargo, la realidad diaria es que lo que se acuerda por los distintos países en relación a los Derechos Humanos  no es la prioridad para los mismos que lo aprueban en un mundo donde lo primero es el crecimiento del Producto Interior Bruto (PIB). “Razón y violencia han ido así de la mano, unidas a un maquiavelismo político que no dudaba en pactar con el diablo o en masacrar derechos humanos en aras de algún objetivo inmediato.[2]”

En el mundo actual en el que las poderosas multinacionales consiguen indecentes beneficios a costa del medio ambiente y del esfuerzo de los ciudadanos, el pisoteo de los Derechos reconocidos a todos los ciudadanos es continuo y se convierte en papel mojado cualquier acuerdo o Constitución que los respalde. La esquizofrenia seguida por nuestros gobernantes es patente, ya que por una parte firman documentos en beneficio de todos y, sin embargo, en su actividad política toman decisiones que perjudican a la mayoría más débil y benefician a los poderosos, a las élites, aumentando sin descanso la desigualdad entre las personas. Pero es que a las élites solos les interesa mantener el statu quo y para ello el crecimiento del PIB es la herramienta con la que manipulan a los ciudadanos y les hacen creer que el cumplimiento de este objetivo les salvará.

Sin embargo, deberíamos tener claro que "el crecimiento no permite ni comprender ni resolver ninguna de las crisis fundamentales del inicio del siglo XXI: la crisis de las desigualdades y la crisis ecológica[3]". Es constatable según muchos estudios e investigaciones el notable desfase existente entre el crecimiento económico, medido por el PIB, y la progresión de la renta de las personas. Así, "un estudio reciente de Anne Case y Angus Deaton muestra que, durante el periodo 1999-2013, [en el cual] el PIB norteamericano ha progresado en más de 7.000.000 millones de dólares, un sector entero de la población norteamericana ha visto su salud deteriorarse de manera trágica[4]". Está suficientemente contrastado que el crecimiento no es ni necesario ni suficiente para el bienestar. El bienestar ni la felicidad no desembocan de forma automática en él.

Cuando lo que está en riesgo son las condiciones de vida de la mayoría de la humanidad y en muchos casos la propia vida. No es de recibo que el sistema económico esté montado para que los que más tienen y son más responsables de la destrucción del medio ambiente reciban más y se lo quiten a aquellos que tienen menos y apenas dejan huella ecológica. Por tanto, para que las externalidades no las paguen aquellos que las generan. El sistema debe buscar la manera para que aquellos que más propician la destrucción del planeta, no sean los menos afectados por sus consecuencias.

El modelo de pensamiento nacido en Occidente y exportado al resto del mundo, se ha desarrollado en contradicción con las relaciones de ecodependencia e interdependencia que aseguran el sostenimiento de la vida. El "régimen del capital" ignora la existencia de límites físicos en el planeta, y oculta y explota los tiempos necesarios para la reproducción social cotidiana que, en los contextos patriarcales, son asignados mayoritariamente a las mujeres. Crece a costa de la destrucción de lo que precisamente necesitamos para sostenernos en el tiempo y se basa en una creencia tan ilusa como peligrosa: la de que los individuos somos completamente autónomos e independientes respecto a la naturaleza y al resto de personas[5].

Pero seguimos escuchando los cantos de sirena que nos dicen que la economía crece, vamos bien, somos los mejores, y, mientras tanto, los salarios caen, los servicios públicos, las pensiones públicas y las prestaciones sociales  se recortan y el Medio Ambiente continúa en su carrera hacia la destrucción.



[1] Ver La energía en la agenda 2030. Cristina Narbona. Temas para el debate núm. 270. Mayo 2017
[2] Naredo, Jose Manuel (2015:25). Economía, poder y política. Díaz y Pons editores.
[3] Laurent, Éloi (2017: XVI), Notre Bonne Fortune. Repenser la Prosperite.  PUF, París.
[4] Ibídem (2017:23)
[5] Yayo Herrero. Revista de Economía Crítica núm. 22. Economía feminista y economía ecológica, el diálogo necesario y urgente.

viernes, 18 de agosto de 2017

Cuando el problema es el despilfarro de recursos, no de dinero

Podemos quemar millones de euros en papel moneda que, no obstante, los bienes necesarios para la vida y su buen desarrollo no se habrán reducido ni un ápice, absolutamente nada. Los bienes y servicios que tenga la sociedad dada, no habrán sufrido ninguna merma. Sin embargo, no podemos decir lo mismo de los recursos que despilfarramos o, incluso, tengamos ociosos olvidándonos de su uso en beneficio social.

Si quemamos alimentos como se está haciendo en aras al funcionamiento del mercado, perdemos la posibilidad de alimentar al que tiene hambre. Si destrozamos el medio ambiente perdemos la posibilidad de disfrutar de la naturaleza y ponemos una vela a favor del calentamiento global y el desastre ecológico. Si destrozamos los parques y las papeleras estamos destruyendo riqueza que ha sido forjada por las manos del hombre. Si atentamos contra la salud de las personas estamos disminuyendo su felicidad y aumentando el coste social, pero, también, las posibilidades que pueden brindar los hombres formados y sanos a una sociedad también sana. Si cerramos escuelas y hospitales perdemos servicios esenciales que pueden ofrecernos una mejora de nuestra vida y potencialidades. Si dejamos en el paro a millones de personas estamos haciendo un flaco favor a la sociedad y no sólo por su integración en una sociedad caracterizada por el trabajo, sino, también, por la actividad productiva en beneficio de la sociedad que con trabajo pudieran haber realizado. Si incrementamos la desigualdad entre las personas no solo estamos creando una bomba social de relojería sino que, también, estamos haciendo un flaco favor a la economía, cosa que los expertos han reiterado de forma contumaz y abrumadora. Y no hay mayor calamidad, mayor destrucción, mayor retroceso social que la que se consigue mediante la guerra, producto de la locura del hombre.

En un reciente trabajo de investigación se ha observado a la sociedad como un conjunto muy diversificado y entrecruzado de relaciones entre sus miembros y organizaciones, teniendo en cuenta cualquiera de las que pueden surgir en los distintos ámbitos a través de los cuales entran en contacto las personas y las organizaciones. Y se ha constatado que cuanto más fluida sea la circulación de información y más ágil la capacidad de respuesta de los distintos agentes ante las situaciones que puedan deteriorar sus capacidades, más respetuosas con los demás tenderán a ser nuestras decisiones y, en este contexto, más seguros tenderán a estar todos de que las pautas de comportamiento de los otros se atendrán a lo esperado, siendo a su vez lo esperado paulatinamente más coherente con el comportamiento que cada uno desea de los otros. La formación de un contexto de este tipo tenderá a mejorar las capacidades de las personas y organizaciones induciendo a emplearlas de un modo y con unos objetivos potencialmente coherentes con los proyectos de todos[1].

En resumen nos dice la anterior investigación que “La tendencia a la confluencia entre lo esperado y lo deseado implica un creciente respeto mutuo, es decir, una creciente preocupación en todos por las consecuencias sobre los demás de lo que cada cual hace. El respeto será a su vez inductor de un contexto favorable tanto para adquirir capacidades como para tener la oportunidad de desplegarlas. Todo ello puede ser positivo para las personas concretas, para la sociedad en su conjunto y también para las sociedades del futuro[2].”

Marx nos aleccionó de que “El capitalismo es un sistema que transforma cada progreso económico en una calamidad pública.” Sin duda, el capitalismo que pone como fin el beneficio y la acumulación ha dado pasos para idolatrar al dinero y su posesión. De ahí que sea actualmente más importante hacer dinero con el dinero que crear verdadera riqueza. Debemos, por tanto, tener claro que lo esencial no es el dinero que es un medio para facilitar la consecución de fines económicos y desarrollo social, lo esencial tiene que ver más con el respeto al otro, a la naturaleza y a los recursos limitados de los que disponemos para, mediante su uso sustentable, facilitar una vida llena de posibilidades a los que la integran. Pero, tenemos tal obsesión por el “Dios Dinero” que dejamos que ordene nuestras vidas, que le damos inmenso poder y nos mantiene incapaces de diferenciar los bienes y servicios necesarios para mantener la vida y llenarla de contenido, de aquello que simplemente es un instrumento, una herramienta útil, si se utiliza bien.

El problema, por tanto, no es que quememos dinero o le tiremos a la basura. Los Bancos Centrales lo hacen a diario. El problema es que destruyamos los bienes de los que disponemos y mantengamos ociosas posibilidades de prestar servicios y de mejora social, siendo esenciales, para este objetivo, la naturaleza en general en la debemos incluir al hombre.



[1] Gallego Martinez, Domingo. Respeto y Prosperidad (pág.17) Revista Economía Crítica núm. 23.
[2] Ibídem pág. 3

viernes, 4 de agosto de 2017

El Antropoceno

Esta palabra más conocida en los ámbitos académicos tiene visos de extenderse con rapidez. Su ámbito de estudio pretende abarcar cuestiones fundamentales que afectan a la continuidad de la vida en la Tierra. El Antropoceno da nombre a una nueva época geológica caracterizada por el grave impacto de los seres humanos sobre el sistema Tierra y sobre todos su habitantes humanos y no humanos. La voracidad y la insaciable codicia del ser humano han provocado cambios geológicos importantes en nuestra querida nave. No obstante, son muchos los que critican que sean todos los seres humanos los responsables del cambio.

El profesor de Historia Universal, Jason W. Moore, comenta que es un viejo truco capitalista decir que los problemas del mundo son los problemas creados por todos, cuando en realidad han sido creados por el capital. Considera que entre los años 1450 y 1750 hay una revolución en la producción del medio ambiente sin precedentes desde la revolución neolítica. Una transformación de paisajes y ambientes muy rápida que cambió profundamente la mayor parte de las regiones del planeta. En este sentido a la nueva era geológica considera que se la debe llamar Capitaloceno. El Capitaloceno pondría de manifiesto el brutal cambio que la economía del interés privado, del beneficio personal e individualista, ha supuesto en nuestro mundo.

Hoy en día pocos pueden ignorar el cambio climático provocado por las manos del hombre, especialmente actuando conforme los predicados del sistema capitalista. Aquellos que lo niegan, los negacionistas quieren perpetuar sus oscuros intereses, su egoísmo, su codicia, su engreimiento, sus aires de superioridad enfermizos. “El negacionismo es un mecanismo que impide que se pongan límites al poder y al enriquecimiento de las petroleras, los países ricos y los ejércitos. Las petroleras aborrecen la idea de dejar miles de millones de dólares bajo el suelo,[1]” Entre los años 2003 y 2010, noventa y una organizaciones que se identificaban dentro del movimiento negacionista del cambio climático en Estados Unidos sumaron 900 millones de dólares en gastos anuales provenientes de donaciones efectuadas por fundaciones conservadores vinculadas a corporaciones transnacionales con intereses en el petróleo y en sistemas extractivos. Son, por tanto, las élites dirigentes, el poder económico, las que respaldan el negacionismo. Los datos aportados por multitud de estudios lo avalan.

Las emisiones de carbono del 1 % más rico son 30 veces mayores que las del 50 % más pobre y superan 175 veces las emisiones del 10 % más pobre. Las emisiones de CO2 del 10 % de la población con más riqueza suponen el 50 % del total de las emisiones. Los agentes que se han llevado la palma en generar contaminación son las petroleras y cementeras. Aunque se considera al Departamento de Defensa de los Estados Unidos como la institución más contaminante, llegando a gastar 144 millones de barriles de petróleo en el año 2014. En este sentido no se puede dejar de señalar el uso del aparato militar para mantener el statu quo en la lucha contra el cambio climático a favor de los intereses privados. Es decir mantener la situación como está y seguir negando el cambio climático.

La evolución del mundo capitalista no sólo ha comprometido las posibilidades del presente sino también las del futuro. El mundo que vamos a dejar a nuestros hijos si no realizamos un cambio radical,  es un mundo con sucesos imprevisibles e inciertos. Por eso, no podemos, de ningún modo, poner como fin básico la reproducción de las ganancias. La salvación del negocio no puede estar por encima de los millones de personas que están siendo afectadas por el cambio climático. Una solución casi obligada es dejar los combustibles fósiles bajo tierra. Estamos en una situación que ya muchos creen irreversible y, sin embargo, seguimos caminando ciegamente hacia el abismo. Pero no es una solución suficiente sino cambiamos la forma de entender la sociedad, la política, la economía y la cultura.

“La visión de una sociedad en la que la naturaleza es una parte externa, inerte e invisible que sirve como fuente inagotable de recursos y como simple escenario en donde suceden los dramas humanos es cada vez más difícil y peligrosa de mantener.[2]”El cambio tiene que venir poniendo la vida, el interés común por delante, en primer lugar. Para ello, se ha dicho otras veces, el mundo será ético o no será. Tiene que centrarse en la cooperación y la solidaridad o no será. Las visiones desagradables de un mundo centrado en la competitividad ya se están haciendo realidad. Nos interesa una nueva lógica que no subordine la naturaleza y el trabajo a las insaciables demandas de la acumulación de capital. Los negocios no pueden estar por encima de la vida de una sola persona[3].



[1] Cano Ramírez, Omar Ernesto. Capitaloceno y adaptación elitista. EcologíaPolítica núm 53, pag. 10
[2] Herrero, Amaranta. Navegando por los turbulentos tiempos del Antropoceno. EcologíaPolítica núm 53, pag. 24
[3] Un estudio de la situación en relación al concepto Antropoceno se puede encontrar en ecologiaPolítica, núm. 53

Los humanos No somos tan inteligentes

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