jueves, 20 de abril de 2017

Pelea de gallos

En estos días estamos asistiendo a una pelea de “machitos” para demostrar al mundo quién la tiene más grande. Me refiero claro a las bombas. Y no puedo reprimir una enorme tristeza y, también, vergüenza de pertenecer a la raza humana, que no sólo tropieza una vez, dos, tres veces con la misma piedra, sino que machaconamente se da cabezazos con ella como si no hubiera un mañana.

Que ya entrado el siglo XXI sea el gasto militar uno de los sectores de mayor inversión[1], para el que, además, siempre hay dinero; que las relaciones entre las personas y naciones se centren en “ladrar” más alto el poder militar que se posee; me parece propio del hombre, no ya del hombre de las cavernas, sino del hombre como creación fallida que debe sacrificarse en la cruz de esas convicciones que farisaicamente predica pero no practica.

El hombre, sin duda, es un mono loco. Busca la seguridad y ama los deportes de riesgo. Busca la vida eterna, la inmortalidad, y emplea gran parte de los recursos para matar a sus congéneres. Quiere vivir a base de olvidarse mediante el alcohol, las drogas y la inserción en grupos violentos. Ama los deportes competitivos pero los pervierte para convertirlos en luchas fratricidas en las que no se reconoce en el otro.

El hombre es capaz de realizar lo mejor y lo peor, pero mientras no sepamos ir alumbrando el lado bueno de la humanidad corremos riesgos globales que nos pueden borrar de la faz de la tierra. Necesitamos no volver a tropezar, aprender pronto y ayudar a nacer a un hombre nuevo que sea matriz de una nueva sociedad en la que todos podamos vivir en paz y desarrollar nuestras potencialidades. Potencialidades que se enriquecen mediante una vida compartida y se restringen con el actual individualismo poco empático, egoísta y avaro.

Son necesarios, sin duda, objetivos que sean comunes a la humanidad. ¿Cómo es posible el progreso en la lucha y la disensión? Como mucho damos un paso adelante y dos hacia atrás. Estamos ciegos a los retos que nos plantea la situación mundial actual: calentamiento global, desigualdad, pobreza extrema, mala utilización de los recursos (esencialmente los alimentarios), lucha entre fundamentalismos, etc. Y sin embargo, nos dedicamos a exacerbar más el riesgo con la “pelea de gallos”. No aprendemos, resolvimos la “Gran depresión” con la Segunda Guerra Mundial y parece que hay quién no encuentra otro modo y, además, quiere mantener su poder recurriendo a las mismas atrocidades y haciéndonos creer que no hay alternativa. Está claro, que no es lo mismo predicar que dar trigo.

¿Quién puede seguir defendiendo las ventajas de la competitividad sobre la cooperación? ¿Quién puede seguir defendiendo el mundo de las patentes con respecto al uso del conocimiento para mejorar las investigaciones y el desarrollo de productos esenciales para el beneficio de todos? ¿Cómo somos capaces de dejar morir a millones de personas por no perjudicar el beneficio de las grandes empresas? ¿Cómo podemos vivir en una sociedad centrada en el empleo y no atajamos el desempleo? ¿Cómo podemos dedicar el dinero a la especulación que sólo favorece a los que más tienen (el tiburón siempre se come al pez chico) y deja en la miseria a aquellos que más lo necesitan? ¿Cómo podemos proclamar que la democracia es el gobierno de pueblo y dejar las grandes decisiones al poder económico? ¿Cómo podemos defender la vida a base de bombas y más bombas? La madre de las bombas, el  padre de las bombas, la mayor bomba nuclear: si no lo es, parece que buscamos la desaparición del hombre sobre la faz de la tierra.

A pesar de todo lo dicho, y como ha manifestado el economista Juan Torres López considerando él que estamos al borde de la III Guerra Mundial, no es miedo lo que me produce esta “pelea de gallos”, sino una profunda tristeza por la estupidez de la raza humana. Ya dijo Einstein que el universo y la estupidez humana son dos cosas infinitas, aunque de lo primero no estaba seguro.

Olvidamos en el sentido que escribe Victoria Camps que “Queremos ser felices,  pero tenemos que aprender a serlo, básicamente porque vivimos en sociedad y es un disparate aspirar a ser feliz en solitario sin tener en cuenta al resto de las personas con las que hay que convivir.[2]” Por ello “No basta con conocer el bien, hay que desearlo; no basta con conocer el mal, hay que despreciarlo.[3]”



[1] Cada día se invierten 4.000 millones de dólares en armas y gastos militares.
[2] CAMPS, VICTORIA (2011-43). El gobierno de las emociones. Herder 2011
[3] Ibídem (2011-13)

miércoles, 12 de abril de 2017

¡Sí! ¡Hay dinero!

Desde esta columna vengo defendiendo que el dinero no es un elemento neutro en el sistema económico. Sin embargo, seguimos imbuidos de la ideología clásica, liberal y neoliberal que entiende el dinero como una mercancía más que puede escasear y está sujeto a la tiranía del mercado. No interesa que podamos percibir la realidad del dinero en nuestro tiempo. “En un sistema financiero sano, podemos permitirnos hacer lo que seamos capaces de hacer”…”No tendría por qué escasear el dinero a la hora de acabar con los grandes azotes de la humanidad: la pobreza, la enfermedad y la desigualdad, ni a la de fomentar la prosperidad y el bienestar de la humanidad, financiar las artes y las actividades culturales o asegurar la estabilidad de los ecosistemas. Los verdaderos déficits que padecemos son, en primera instancia, de aptitudes humanas: las limitaciones de nuestra integridad, imaginación, inteligencia, capacidad de organización e ímpetu, en las esferas individual, social y colectiva. En segundo lugar, los límites físicos de los ecosistemas. Éstas son limitaciones reales[1].” El propio padre de la economía, Adam Smith, declaraba que la riqueza de una nación no se mide por los valores monetarios, sino por su capacidad para producir bienes y servicios.

Sabemos que el sistema bancario privado, mediante los créditos, es el que crea en la actualidad el 95 % del dinero en circulación y el sistema público el 5 % restante, aspecto éste que como se ha comprobado con las últimas crisis tiene sus riesgos. Son el crédito y el gasto público los que promueven y principian la actividad económica. Las empresas cuando inician su actividad se mueven a través de los préstamos bancarios. “De hecho, con muy raras excepciones, ha sido el crédito el que financió a la empresa y al empresario que contrató a esa joven; y probablemente fue un descubierto el que pagó el salario que obtuvo en su primer trabajo [...] su contratación creó actividad económica añadida y generó ingresos con los cuales la persona que la empleó pudo cubrir el descubierto, pagar la deuda y satisfacer su salario.[2]” También el Estado cuando paga a un proveedor o a un funcionario lo que hace es apuntar en las cuentas bancarias de los destinatarios los importes fijados mediante la contratación previa. Para realizar estos gastos no necesita (tengámoslo claro) cobrar impuestos, salvo que no tenga el poder de emitir moneda. El Estado siempre recauda impuestos del dinero que previamente ha sido creado, bien por el sistema financiero privado o por la banca pública.

Cuando se inició la actual crisis los bancos de la Eurozona no estimularon la economía mediante la concesión de créditos. La liquidez desapareció y la economía entró en letargo. Cuando más necesario era el crédito para generar actividad económica, el sistema financiero privado más lo congeló, asistido por la normativa y la regulación efectuada por los políticos conservadores austericidas. Estados Unidos a pesar de sus déficits si insufló dinero en su economía y no cabe duda que los resultados hayan sido muy superiores a los conseguidos por Europa, dónde faltó un estímulo a tiempo del Banco Central Europeo (BCE).

¡Cómo se puede decir que no hay dinero! Cuando la economía mundial actual funciona con la convención  y, en muchos casos, la esclavitud de la deuda (crédito y deuda son las dos caras de la misma moneda) que, principalmente y para resumir, deben los pobres a los ricos. Así en el año 2015 la deuda mundial era 286 % superior al PIB mundial, lo cual indica el nivel de creación de dinero y la inmensidad del crédito generado mediante apuntes y contratos; muy superior a la producción de bienes y servicios anuales. No cabe duda, “en gran medida a que las élites ricas, en connivencia con los entes reguladores y los gobernantes, se han apropiado de nuestros sistemas monetarios y socavado la confianza de la sociedad a fin de dirigir el sistema financiero en función de sus estrechos intereses.[3]” Mi criterio es que no se pone remedio inmediato a la situación actual porque el sistema de presiones que regula el poder de la sociedad no permite tomar las mejores decisiones para la ciudadanía. Los objetivos de déficit presupuestario, deuda pública e inflación que tienen atadas a las políticas europeas son sólo excusas, ya que como objetivos no se sostienen al no ser su bondad contrastada por la realidad. Excusas, digo, para mantener soluciones a favor de los que más tienen. Soluciones que propician además futuros halagüeños en sus negocios.

A mi modo de ver las políticas que se han seguido son contrarias a la lógica económica y han dejado muchos muertos por el camino. Ni siquiera Estados Unidos lo hizo bien. Cuando el sector privado ralentiza la economía, y no quepa duda que fue lo que pasó a partir de 2007-2008, el sector público tiene que tirar del carro como nos enseñó Keynes. Pero la mejor manera no es soltar dinero para que entre en el circuito financiero privado y siga haciendo más ricos a los ricos y aumentando la desigualdad, sino poner en marcha muchos recursos ociosos y disminuir al tiempo la desigualdad, objetivo que sí ha demostrado que mejora la actividad económica y se centra en la producción de bienes y servicios necesarios y no de aquellos otros que por conceptuarse de gran lujo solo benefician a unos pocos.

¡Claro que hay dinero! Y debemos grabarlo en nuestras cabezas y decirlo muy alto para que no nos engañen con el soniquete de que no podemos hacer esto o aquello porque no lo hay. ¡Sí! ¡Hay dinero! y cuando es necesario se saca de debajo de las piedras, o con simples tecleos en un ordenador, aunque no sea para evitar muertes y suicidios, para que no se desahucien de sus casas a familias sin ningún techo, para dar de comer a los niños, para cuidar a los enfermos, para educar e instruir a la población, para ayudar a los discapacitados,...



[1] Ann Pettifor (2017). La producción del dinero. Lince. Ebook.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.

viernes, 7 de abril de 2017

¿Por qué hemos salvado a los bancos?

Una de las razones que sustentaron la salvación de los bancos es que eran demasiado grandes para dejarles caer (to big to fail) y por tanto dañarían mucho la economía. Los bancos han fortalecido su impunidad siendo cada vez más grandes, así han llegado de esta forma a ser una bomba de fuerza irresistible y de consecuencias letales  que les ha hecho impunes ante la justicia (too big to jail). Parece ser, además que mientras las empresas gigantescas (entre ellas se incluyen claramente a los bancos convertidos en empresas principales que se distribuyen y reinan por todo el mundo) son tan grandes que no se pueden dejar caer y, claro está, socializan su pérdidas aunque sus ideales sean liberales y defiendan el Estado mínimo; los humildes ciudadanos, sin embargo, tienen que sufrir y cargar con sus propias deudas y además cubrir las de las grandes empresas deficitarias, muchas veces por su propia locura y ambición. A ellos (los ciudadanos) sólo les queda luchar por un salario (cuando se tiene) cada vez menor (race to the bottom). Sin embargo, esta alternativa parece a los dirigentes neoliberales más agradable: reducción de salarios, recortes en los servicios públicos, paro, precariedad, pobreza. Es decir que la mayoría menos pudiente soporte los abusos de la minoría en la cumbre y con muchas posibilidades económicas.

Pero el salvamento a los bancos por muy grandes que sean proviene de un enfoque equivocado: la economía es un fin prioritario a las personas. Sin embargo, es constatable “la paradoja del progreso: aquí, en la tierra de la abundancia, cuanto más ricos y más listos somos, más prescindibles nos volvemos[1]”. Pensemos en una huelga bancaria, posiblemente la ciudadanía buscaría la forma de intercambiar bienes como lo hicieron con tabaco los presos de los campos de concentración. Tratarían de inventarse medios de pago para realizar intercambios de bienes y servicios y el tema se solventaría de una forma u otra. Para muestra un botón. Nos cuenta el autor de Utopía para realistas la diferencia entre una huelga de limpieza en Nueva York y otra de bancos en Irlanda. “Mientras que los neoyorquinos habían visto con desesperación cómo se deterioraba su ciudad hasta parecer un vertedero, los irlandeses se convirtieron en sus propios banqueros. Mientras que Nueva York se asomaba al abismo después de sólo seis días, en Irlanda las cosas seguían funcionando como la seda incluso después de seis meses.” ¿Quién decide a quién salvar y a quién no?

Por experiencia sé que en los hospitales puede ser más dura una huelga de limpieza que cualquier otra, incluso una huelga de los propios médicos. Pero esta sociedad sigue haciendo diferencias entre unos y otros, aumentando la desigualdad, basadas sólo en el poder de quién las decide, aunque no sea quien más las merece. Los bancos no crean nada sólo intermedian y especulan con el dinero de todos para multiplicar sus beneficios y, sin embargo, sus administradores son los grandes beneficiados de la sociedad  por encima de aquellos que realizan las labores más necesarias, más costosas y más desagradables.

El Financial Times informaba no hace mucho, que si la actividad bancaria se restara del PIB en lugar de sumarse, cabría especular que la crisis financiera nunca se habría producido[2]. No obstante, parece significativo que cuanto más necesaria socialmente es una actividad, limpiar, cuidar, enseñar, proteger, menos peso tiene en el PIB; por el contrario, un director ejecutivo que vende temerariamente hipotecas y derivados para embolsarse millones en bonus contribuye más al PIB que toda una escuela repleta de profesores o una  fábrica de coches llena de mecánicos[3]. Además, y viene a cuento, hay evidencias de que el dinero gratis funciona. Y debemos tener en cuenta que la principal razón por la que la gente pobre es pobre es que no tiene suficiente dinero[4]. Lo bueno del dinero es que la gente puede usarlo para comprar las cosas que necesita en lugar de las cosas que quienes proclaman los expertos creen que necesita[5]. Da dinero con el convencimiento de que los verdaderos expertos en las necesidades de los pobres son los propios pobres[6].

Debemos tener en cuenta, como ya dije en otra ocasión, los efectos perversos de nuestras políticas y claros los fines perseguimos con ellas, ya que incluso “si se considera que lo más importante es restablecer la actividad económica, entonces el rescate bancario… ¡es la manera menos eficaz de lograrlo![7]” Por lo que no me cabe la menor duda de que lo prudente, si se quería reactivar la economía y evitar los daños infligidos a la ciudadanía, era repartir las inmensas sumas dinerarias dadas a los bancos entre los ciudadanos y las empresas, ya que “la mejor política doméstica es la de buscar el pleno empleo y la estabilidad de precios, no la de perseguir déficits públicos o techos de deuda arbitrarios[8]”.
Todavía hoy sigo preguntándome ¿Por qué hemos salvado a los bancos en vez de a las personas?[9]



[1] Rutger Bregman. Utopía para realistas. Salamandra 2017.
[2] Ibídem.
[3] Ibídem.
[4] Ibídem.
[5] Ibídem.
[6] Ibídem.
[7] Keen, Steven (2015:604). La economía desenmascarada. Capitán Swing.
[8] Randall Wray (2015:19). Teoría Monetaria Moderna. Lola books.
[9] Se puede leer también mi artículo: ¿Alimentar a los bancos o a la población? En http://www.nuevatribuna.es/opinion/ernesto-ruiz-ureta/alimentar-bancos-poblacion/20160710085149130009.html

domingo, 2 de abril de 2017

La insensatez del PIB

El Producto Interior Bruto (PIB) se concibió en un período de crisis profunda y proporcionó una respuesta a los grandes desafíos de los años treinta [del anterior siglo]. Para hacer frente a nuestras crisis de desempleo, recesión y cambio climático, también nosotros tendremos que buscar nuevas cifras, nuevos índices. Lo que necesitamos, en definitiva, es un tablero de mandos completo que incluya una serie de indicadores para monitorizar las cosas que hacen que la vida merezca la pena[1].

Es muy evidente de que no todo lo que aumenta el PIB aumenta el Bienestar. Accidentes de tráfico, guerras, aparatos con ciclo de vida corta, etc., pueden aumentar el PIB pero no el bienestar de las personas. Hay que tener cuidado, entonces, con lo que medimos pues los objetivos pueden ser contrarios a los intereses de los ciudadanos. Debemos considerar que “El mundo nunca se verá tal como es a través de la óptica del mercado. Y no está mal que así sea. Armados con este conocimiento, podemos entrenar otros sentidos para afrontar el mundo de un modo distinto. Lo mismo debe suceder con nuestro enfoque de la economía y de la sociedad. Hemos sido criados para ver sólo el valor monetario de las cosas, y esta lógica nos oprime. Debemos entender que los precios no pueden ser nuestro único indicio para ver las cosas, y sólo cuando hayamos dejado de pensar en estos términos podremos creer que estamos vías de recuperación[2].”

La reverencia que los políticos, economistas, prensa e incluso ciudadanía tienen por los aumentos del PIB, y la importancia que damos a los decrementos en meses sucesivos, no son lógicos en este tiempo. Ya nos decía Amartya Sen (1993), que “A la economía no le conciernen sólo el ingreso y la riqueza, sino también el modo de emplear esos recursos como medios para lograr fines valiosos, entre ellos la promoción y el disfrute de vidas largas y dignas. Pero si el éxito económico de una nación se juzga sólo por su ingreso y por otros indicadores tradicionales de la opulencia y de la salud financiera, como se hace tan a menudo, se deja entonces de lado el importante objetivo de conseguir el bienestar.”

No existe duda de que hay otros indicadores de desarrollo y bienestar que debieran emplearse, “al pensar en la obsesión de las sociedades modernas por el crecimiento económico, sorprende la poca atención que se presta en los debates públicos y los discursos políticos a la cuestión de si un mayor crecimiento económico aumenta realmente el bienestar. Es posible que el hecho de eludirla beneficia a quienes tienen intereses en el sistema dominante: si el crecimiento económico no aumenta el bienestar, no se podrán justificar muchas de las estructuras económicas y políticas del capitalismo desarrollado. Pero, también, puede ser que las personas normales estén interesadas en ignorar la evidencia de los efectos del crecimiento sobre el bienestar. Si la gente tiene la convicción de que unos ingresos mayores la harán más feliz, reaccionará generalmente ante la decepción que sigue al logro de tales ingresos concluyendo que, sencillamente, no ha conseguido suficiente. Se trata de un ciclo sin fin –una esperanza seguida de decepción y de una nueva esperanza-, a no ser que lo rompa algún acontecimiento o una revelación repentina[3].”

Clive Hamilton cree que “incluso en el marco establecido por los valores del mercado que considera a los seres humanos como máquinas de consumo, la obsesión por el crecimiento puede ser empobrecedora. Por un lado, nuestros indicadores de progreso muestran que las cosas han ido a mejor durante décadas; por otro, la mayoría de la gente se queja de que la sociedad se desmorona. Quizá el problema esté en que nuestros índices de progreso son erróneos. Nuestra medida del progreso nacional (crecimiento del PIB) está inseparablemente ligada al sistema de precios. Se supone que una actividad contribuye al bienestar nacional por el mero hecho de que se produce para ser vendida, y sólo en cuanto tal. El rasgo definitorio de la prosperidad es la transacción monetaria.

Esta forma de medir el bienestar nacional omite dos grandes campos: las aportaciones al bienestar realizadas por la familia y el medio social, y las del medio ambiente. Ambos son fundamentales para nuestro bienestar, pero como lo que aportan queda fuera del mercado, simplemente no cuentan. El trabajo llamado reproductivo; aquel que realizan los miembros de la familia en el seno del hogar, en beneficio de la propia familia, o los trabajos realizados por la propia comunidad vecinal, local o nacional de forma voluntaria o forzada, o los trabajos de autoconsumo, al no existir remuneración monetaria, no se cuentan como empleo ni como producto, sin embargo muchos de ellos resultan esenciales para la reproducción de la fuerza de trabajo y de las relaciones sociales. Son, incluso, soporte indispensable del trabajo productivo. En los últimos tiempos, no obstante, se ha recuperado el debate sobre el trabajo de cuidados al que se considera imprescindible para la reproducción social y el bienestar cotidiano de las personas. Trabajo que aún sigue siendo responsabilidad casi exclusiva de las mujeres y no se tiene en cuenta en las medidas del producto habituales[4].

Las aportaciones al bienestar social del medio ambiente no son discutibles, pero éste soporta la voracidad del crecimiento continuo y su deterioro y en forma de externalidades afecta negativamente a la población. No podemos separar las calamidades como la delincuencia, el abuso de drogas y el suicidio juvenil de los cambios sociales producidos por la economía de mercado. El desempleo, el exceso de horas de trabajo y las expectativas generalizadas que la satisfacción deriva de las adquisiciones materiales son productos del sistema de mercado y tienen efectos profundos sobre nuestro bienestar. La imposibilidad de establecer una relación estrecha entre el crecimiento económico y el aumento de bienestar, al menos por encima de cierto umbral, indica que la búsqueda del crecimiento se produce a expensas de cosas que aumentan realmente el bienestar de las personas.

Esto ha llevado a algunos a ampliar el análisis de las causas determinantes del bienestar e intentar elaborar alternativas contables al PIB como medida del progreso nacional. Una de esas alternativas es el Indicador de Progreso Genuino (IPG), conocido también como Índice de Bienestar Económico Sostenible (IBES). Utilizando métodos económicos ya establecidos, el IPG combina un conjunto de factores que influyen en el bienestar y los reúne en un solo índice directamente comparable con el PIB a lo largo del tiempo. Aunque este indicador alternativa presenta algunas dificultades conceptuales de medición, su elaboración revela gráficamente las notorias insuficiencias del PIB como medida de progreso nacional.

En aras al crecimiento esencia del PIB nos podemos finalmente obsesionar con la productividad, pero “La productividad es para los robots. Lo que los humanos hacen bien es perder el tiempo, experimentar, jugar, crear y explorar.[5]”




[1] Rutger Bregman. Utopía para realistas. Salamandra 2017. Edición ebook.
[2] Patel, Raj (2010:107): Cuando nada vale nada.
[3] Hamilton, Clive (2006:43)
[4] Patel, Raj (2010:77) nos dice: La reproducción de los trabajadores exige más que el simple nacimiento de bebés: hay un complejo proceso de crianza, alimentación, vestido, vivienda, educación, socialización y disciplina, y en estos costes radica tal vez una de las mayores explotaciones a escala mundial: el lugar del trabajo doméstico de las mujeres. El trabajo diario de criar a los hijos, mantener un hogar y realizar trabajo comunitario (esos eslabones impagados de la cadena laboral que las feministas han dado en llamar la triple carga de las mujeres) sigue sin ser valorado a escala mundial.
[5] Kevin Kelly, The Post Productive Economy. The Technium 2013.

lunes, 27 de marzo de 2017

La razón de los impuestos

No interesa que se conozca el verdadero papel que los impuestos juegan en un Estado moderno que emita su propia moneda. Y no interesa porque es un concepto subversivo que pondría patas arriba las fabulaciones con las que nos han ido adocenando y aburguesando. Creíamos que vivíamos en un mundo perfecto, en el fin de la historia, y que ya no nos quedan alternativas que buscar. La perfección está aquí, creían algunos. Pero mira por donde con la crisis brutal que estamos penando se nos revela que hay una gran desigualdad y que el principal problema que tenemos es el calentamiento global. Lo cual, por el contrario, nos debe dar energías para poner en marcha nuevas utopías que nos mantengan vivos, ya que, como nos decía Serrat: “Sin utopía, la vida sería un ensayo para la muerte.”

En un Estado que tenga el poder de emitir su propia moneda, al imponer un impuesto se reduce la cantidad de moneda, real o virtual, en circulación, esa es su función no conocida, no visibilizada. Es obvio que el gobierno no puede recaudar impuestos en una moneda que no haya emitido anteriormente y el gasto público es la forma de crear dinero por parte del Estado.

Randall Wray uno de los gurús de la Teoría Monetaria Moderna (TMM) nos comenta en una entrevista reciente[1]: “Antiguamente, los gobiernos coloniales quemaban los billetes que recibían como pago de impuestos. Hoy en día, si entregas al banco dinero en mal estado, la Reserva Federal lo hace trizas. Si haces una visita guiada a la Reserva Federal, te dan como suvenir una bolsita llena de jirones de billetes. La idea de que hacerles pagar impuestos a los ricos te da dinero para pagar a los pobres es errónea. Podemos pagar a los pobres sin cobrarles impuestos a los ricos. ¿Por qué cobrarles impuestos? Porque son demasiado ricos. Lo hacemos para reducir su riqueza. No debemos ligar ambas cosas, porque si por motivos políticos no podemos recaudar de los ricos, eso nos llevaría a no gastar en ayudas para los pobres. Son actos separados: podemos ayudar a los pobres y cobrarles impuestos a los ricos.”

Aquí se adivinan pautas para emprender nuevos objetivos que hagan a las sociedades más justas e igualitarias. Busquemos nuevas utopías. Rutger Bregman autor del libro “Utopía para realistas” nos dice que “Las utopías no ofrecen respuestas concretas, y mucho menos soluciones. Tan sólo plantean las preguntas correctas.” Bregman da constancia de que nunca en la historia se ha tenido más riqueza que la que se tiene actualmente y cree que el progreso debe venir de una nueva distribución del dinero y del tiempo. Por ello, piensa, que debemos desarrollar una nueva visión de nuestras sociedades estableciendo una Renta Básica Universal (RBU). Estima que “podría hacerse mañana mismo” y rechaza que sea un planteamiento más propio del comunismo: “De hecho, no hay nada más capitalista que esto [dice]. Sería su gran logro. Se proporcionaría un suelo en la distribución de la riqueza, una base desde la que cualquiera puede crecer y decidir lo que quiere hacer en su vida.

En su libro Bregman nos da un montón de ejemplos en los que la entrega de dinero a los pobres no ha significado ni el fomento de la vagancia, ni el despilfarro de lo entregado, ni el aumento de los gastos del gobierno, ni el aumento de la natalidad. Todo lo contrario, transcribe, por ejemplo, como la prestigiosa revista médica The Lancet resumió sus hallazgos al respecto: de hecho cuando los pobres reciben dinero sin condiciones tienden a trabajar más. Comenta, también, el experimento conocido como sistema Speenhamlad, uno de los primeros sistemas de bienestar desarrollado a principios del siglo XIX en Inglaterra y que fue un rotundo éxito ocultado por more de los intereses de aquellos a los que les viene bien que siempre pueda haber ricos y pobres.

La RBU es un primer paso que evita de forma rápida la pobreza, permite generar muchos puestos de trabajo, mediante el aumento de la demanda agregada y las posibilidades que crea (debemos ser conscientes, en contra de la idea de vagancia, de que mucha gente cuando tiene las necesidades básicas cubiertas trabaja libremente en beneficio de los demás y  sin recibir ningún salario, sólo por solidaridad y empatía. Esto, significativamente, pasa también en los países que tienen un horario de trabajo más reducido). Además no es cara la implantación de la RBU. El propio Bregman nos dice que erradicar la pobreza en Estados Unidos supondría sólo el 1 % de su PIB, o lo que es lo mismo la cuarta parte de su gasto militar.

Es el momento de revitalizar utopías, utopías para las que se adivinan herramientas que harán posible su consecución. Es el momento de nuestra historia en el que podemos disfrutar de mayor número de productos y servicios. Además, actualmente tenemos recursos ociosos y sin utilizar, mediante los que se pueden cubrir parcelas de trabajo como los referidos a la economía verde, a la investigación, desarrollo e innovación, a la sanidad, educación y los servicios sociales. La activación de estos recursos permitiría dar un salto de calidad a nuestras sociedades. El manejo de la posibilidad de emitir moneda que facilite la puesta en marcha de todas las fuerzas ociosas, es cosa que la TMM deja claro en sus propuestas. Podemos vislumbrar, así, el reino de la libertad y la felicidad, sólo impide su logro la voluntad política.

El trabajo garantizado del que nos hablan los especialistas en la TMM, no cabe duda de que también es un buen paso a dar, en una sociedad centrada en el trabajo, es irresponsable, sin duda, que se tengan altas tasas de paro. La pobreza y el desempleo no pueden ser un mal necesario. Entiendo, sin embargo, que requiere mayor burocracia, más tiempo de desarrollo, ofrece menos libertad en la elección de trabajos y permite una menor creatividad.

Lo que hay que comprender con claridad es que los impuestos no son necesarios en un Estado que tiene la potestad de emitir su propia moneda (lo que no sucede en nuestra Europa). La función de los impuestos es permitir que en la economía se tenga más o menos demanda, que se debe relacionar con la disposición de bienes y servicios; evitando así la inflación. El Estado, por otra parte, no necesita recaudar impuestos para gastar y estimular la economía. El Estado no puede quebrar cuando emite su propia moneda. Aquellos que proponen un Estado mínimo, nos escamotean una realidad, la de que los Estados que gozan de más bienestar: Dinamarca, Suecia y Finlandia, tienen un sector público grande. Si tomásemos conciencia de todo esto, nos daríamos cuenta de que tenemos importantes objetivos sociales que alcanzar y, con ellos, podríamos cambiar nuestro mundo, al son de nuevas utopías no estorbadas por la falta de presupuesto.

Nuestro Cervantes nos hace una gran observación al respecto: Cambiar el mundo, amigo Sancho, no es locura ni utopía, sino JUSTICIA.



[1] Hecha por Álvaro Guzmán Bastida el 22-3-2017 para ctxt

martes, 21 de marzo de 2017

¡Más madera! O como arruinar el mundo favoreciendo a unos pocos

El hombre es un animal menesteroso, cargado de necesidades, que vive en un mundo limitado, pero basado en un consumo infinito que cubra sus necesidades, en muchos casos y al día de hoy artificiales e innecesarias. La estimulación del consumo y el crecimiento sin límite de la producción son los actuales paradigmas del capitalismo. Sin consumo no hay estímulo para producir y sin producción el mundo parece que se para. Así se ha comparado el capitalismo con una bicicleta en la que si no damos pedales sin descanso, ni desmayo, la bicicleta se para y te caes.

El capital y quienes lo gestionan y avalan nos dicen que es preciso producir más y en menos tiempo. Esto no tiene nada que ver con las necesidades humanas. Las personas no necesitamos más coches, más armas, más casas, más trenes de alta velocidad, más aeropuertos, más… Tenemos que invertir los términos para que el trabajo asalariado no siga ocupando el centro de nuestras vidas. Poner en el centro las necesidades humanas nos lleva, inevitablemente, a producir solo lo necesario y con la mirada puesta en el sostenimiento de la vida que nos rodea[1].

Pero los que gestionan el capital sólo están interesados en su fortuna y en la manera de incrementarla, aunque sea a costa de los demás. Según un informe, muy conocido del año 2016 de Intermón Oxfam “Las 62 personas más ricas del planeta tienen tanta riqueza como la mitad de la población de escasos recursos, unos 3.600 millones de personas”. Rubén Yuste en su libro sobre el IBEX35, pág. 296 apuntillaba “de las 10 mayores fortunas españolas, 8 son propietarias de empresas que cotizan en bolsa, y 5 los son de empresas del IBEX35 […] esas diez personas más ricas prácticamente han doblado su fortuna en los años de crisis, de 54.008 millones en 2008 a 100.405 millones (dólares), lo que representa actualmente un 10 % del PIB de España.”

En este contexto quiero hacerme eco de algunos párrafos del libro La gran encrucijada. Sobre la crisis ecosocial y el cambio de ciclo histórico, libro que se encuentra gratis en la red y del que sus autores quieren realizar máxima difusión debido a la urgencia que tenemos en tomar conciencia de una situación crítica, la actual, con un final imprevisto pero seguramente infortunado debido a la obsesión de más producción y más consumo, obsesión que beneficia especialmente a unos pocos; en resumidas cuentas ¡más madera! ¡Hasta que la máquina diga basta y explote!

Precisamente porque nos estamos jugando la vida y la permanencia del hombre en la Tierra, nunca ha sido tan importante reclamar y construir un futuro alternativo. Habrá que multiplicar las luchas de resistencia frente a las agresiones a los derechos civiles, sociales y a los ecosistemas vitales del Planeta, pero también va a resultar imprescindible alumbrar con urgencia nuevos paradigmas, relatos y programas de cambio que puedan aglutinar mayorías sociales para acceder a un futuro que dé prioridad a la defensa de la vida frente a la acumulación ilimitada de riqueza[2].

Es el momento de reconstruir la economía y hacerlo en torno a una Estrategia-País capaz de superar la grave coyuntura socioeconómica actual con vistas a afrontar los fallos estructurales del sistema tal y como lo conocíamos. Así, el “cómo salir de la crisis” se ha convertido en una cuestión fundamental y, junto a los objetivos de saneamiento democrático o la recuperación de derechos sociales básicos, es necesario redefinir un sistema económico que sea capaz de compatibilizar la atención de las necesidades básicas de la sociedad con la resolución de los gravísimos problemas ecológicos acumulados en los últimos decenios.[…] el nuevo paradigma económico ha de conjugar simultáneamente, y con el máximo rigor científico, objetivos de bienestar, justicia/inclusión social, sostenibilidad ecológica y democracia económica como referentes a partir de los cuales se reproduzca un sistema de vida diferente en un espacio seguro, justo y duradero[3].

Solo se podrá salir de una forma digna de esta crisis repensando cómo debemos habitar la Tierra, qué mantiene vivas a las personas y, por lo tanto, qué debemos conservar, cuáles son las necesidades que hay que satisfacer, cómo se distribuyen los bienes y el tiempo de trabajo, quiénes y cómo se toman las decisiones en nuestras sociedades. Y no es algo sencillo, porque exige darle la vuelta a algunas piezas constitutivas de los cimientos de nuestra cultura que fuerzan a mirar la realidad con unas lentes que la distorsionan[4].

Mientras vivamos en este sistema capitalista sólo podremos evitar el desastre si nos damos cuenta que debemos equilibrar y contrabalancear fuerzas que tiran en direcciones opuestas. Nos decía Antonio Machado que “Es el mejor de los buenos quien sabe que en esta vida todo es cuestión de medida un poco más algo menos.” Lo que me recuerda el juego de las siete y media y los versos de Muñoz Seca en La venganza de don Mendo, ya que estamos jugando a un juego peligroso “Y un juego vil que no hay que jugarle a ciegas, pues juegas cien veces, mil…y de las mil, ves febril que o te pasas o no llegas. Y el no llegar da dolor, pues indica que mal tasas y eres del otro deudor. Mas ¡ay de ti si te pasas! ¡Si te pasas es peor!” ¡Ay de nosotros como nos pasemos! ¡Si nos pasamos será, seguro, mucho peor!



[1] Prats, Fernando; Herrero, Yayo; Torrego, Alicia (Coordinadores) (2017:94). La gran encrucijada. Sobre la crisis ecosocial y el cambio de ciclo histórico. Editorial Ecologistas en Acción. 2ª edición febrero 2017.
[2] Ibídem (2017:14)
[3] Ibídem (2017:162)
[4] Ibídem (2017:198)

miércoles, 15 de marzo de 2017

No podemos gastar más de lo que producimos

Uno de los fraudes de la política económica detectado por la Teoría Monetaria Moderna y expresamente señalado por Warren Mosler en su libro Los siete fraudes inocentes capitales de la política económica es el referido a que los déficits públicos de hoy son una carga para nuestros nietos. Es verdad que con nuestra huella ecológica estamos desbordando la biocapacidad del planeta, haciéndolo menos habitable y mermando recursos vitales, esto les obligará a vivir en un mundo enrarecido e inestable, pero los déficits públicos no serán los que limiten sus posibilidades de producir bienes y servicios en el futuro, lo que realmente limitará sus posibilidades es la tecnología que exista en su día y los recursos de todo tipo que mantenga ociosos, ya que supondrán un despilfarro de posibilidades. Si bien, también es verdad que el invento de la deuda y su crecimiento exponencial es una convención de nuestras sociedades modernas que limita un desarrollo sostenible y un reparto igualitario de la tarta, a cuya creación todos contribuimos.

Warren Mosler argumenta, sin embargo, que la idea de que estamos privando a nuestros hijos de bienes y servicios reales por lo que llamamos “la deuda nacional” es absoluta­mente ridícula, “Cuando nuestros hijos construyan, dentro de 20 años, 15 millones de vehículos al año, ¿tendrán que enviarlos de vuelta a través del tiempo, a 2008, para pagar sus deudas? ¿Seguimos enviando bienes y servicios reales a través del tiempo hasta 1945 para pagar la persistente deuda de la Segunda Guerra Mundial?” No cabe duda de que los servicios que producimos hoy se reciben hoy y no podemos enviarlos ni al pasado, ni al futuro. Tampoco podemos guardar alimentos para que los consuman nuestros nietos o ellos enviarnos alimentos desde el futuro. De la misma manera la mayor parte de la producción tiene una vida corta que poco o nada tiene que ver con el mundo endeudado que hoy conocemos.

Nos cuenta el filósofo Slavo Zizek en un reciente libro que el problema del eslogan “¡No puedes gastar más de lo que produces!” es que, tomado de manera universal, es una perogrullada tautológica, un hecho y no una norma (naturalmente la humanidad no puede consumir más de lo que produce), al igual que no puedes comer más comida de la que tienes en el plato), pero en el momento que uno pasa a un nivel particular, las cosas se vuelven problemáticas y ambiguas. Al nivel directo y material de la totalidad social, las deudas en cierto modo son irrelevantes, incluso inexistentes, puesto que la humanidad en su conjunto consume lo que produce, y por definición no puede consumir más[1].

Pero “hete aquí” que se inventó la deuda para que los acreedores (aquellos que más tienen) dominen a los deudores y multipliquen sus riquezas, para que unos se aprovechen de otros y bajo la batuta del dinero ficticio permitan, con los esfuerzos futuros, adelantar la cobertura de las necesidades y empresas de otros. Hoy en día, según los datos públicos, alrededor del 90 % del dinero que circula es dinero crediticio “virtual”, de manera que si los productores “reales” se encuentran en deuda con las instituciones financieras, tenemos razones para dudar de las condiciones de su deuda: ¿hasta qué punto esta deuda es el resultado de especulaciones que ocurrieron en una esfera sin ningún vínculo con la realidad de una unidad local de producción?[2]

Adam Smith decía que siempre que los hombres de negocios se reúnen, van a conspirar sobre cómo sacar dinero del público en su conjunto (como hacer un acuerdo y engañar a la gente de que todo es por el bien de la sociedad). En el cerebro de los ciudadanos se han grabado a fuego ideas económicas que poco tienen que ver con la realidad y mucho con mantener un sistema de privilegios de la clase “pudiente”. Las ilusiones engañosas percibidas en el mundo económico son más habituales de lo que se cree. La mentira apoyada en la avaricia y los intereses individuales son moneda común de nuestro universo político. Es verdad que podemos encontrar el cielo y el infierno en cualquier persona y por ello la ética personal es ahora indispensable.

Nos dicen los científicos que el cerebro se acostumbra a la deshonestidad. Parece ser que la amígdala[3], desempeña un papel importante en la valoración emocional de las distintas circunstancias. Entre otras funciones, es corresponsable de la aparición del temor, motivo por el cual se le suele denominar “centro cerebral del miedo”. Cuando mentimos en beneficio propio, la amígdala se encarga de que tengamos mala conciencia con el objetivo de limitar la envergadura de nuestros embustes, pero, sin embargo, cuando contamos una mentira tras otra, la amígdala atenúa progresivamente su actividad de modo que dejamos de sentirnos culpables. Esto explica la insensibilidad y el proceder avaricioso de aquellos que se acostumbran a mirar sólo por lo suyo mal que les pese a muchos otros.

Por otra parte, todos sabemos que la pobreza afecta a la capacidad cognitiva. Y así entre mentiras y pobreza estamos fabricando un mundo que no está orientado a las personas, un mundo de completa desigualdad e injusticia en el que si no hay lucha de clases, sí que lo parece. Es, por eso, hora de desechar la mentira en nuestras sociedades, así como no caer en los engaños de la deuda, ya que sus efectos pueden ser muy peligrosos y dañinos; en caso contrario, si miramos para otro lado, el futuro sí que no va a ser nada agradable.



[1] ZIZEK, SLAVOJ (2016:40-41). Problemas en el paraíso. Del fin de la historia al fin del capitalismo. Anagrama.2016
[2] Ibídem (2016:41).

[3] La amígdala forma parte del llamado cerebro profundo, donde priman las emociones básicas tales como la rabia o el miedo, también el instinto de supervivencia, básico sin duda para la evolución de cualquier especie.

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